DIA 1: MIS DUDAS, ELLA Y ROBBIE
El sol de las 17 horas incidía
sobre mi rostro, un enorme destello perenne y cegador, un sol de una tarde de pre
invierno, esos en los que las mañanas hacen que Lima sea un paraje helado, en
los que las altas edificaciones se hacen inciertas a causa de la neblina.
El rugido incesante de mi estómago me saco del trance en el que me había
sumido el efecto de ese sol moribundo sobre las cosas a mi alrededor, en
algunas superficies reflejaba los rayos, en otros se apagaban. Mi mente
rápidamente pensó en lo que encontraría en casa para saciar la necesidad física
del que ahora era preso, pensaba en el frio almuerzo que no calentaría por
desganas, algo de refresco en la refrigeradora, una que otra fruta lista para
ser devorada vorazmente y tal vez algún ocasional postre…
-Pasaje pasaje- se escuchó vagamente entre mis alucinaciones famélicas.
-Las liseras- dije, depositando 2 monedas en la mano de aquel hombre.
Ver ese boleto color naranja escrito ADULTO en su cara y recordar una vez
más que por el momento sería un adulto en vez de tener mi boleto morado de
medio pasaje me provocaba un sensación vacía de esa rutina tan acostumbrada,
además de recordar que era la segunda vez que robaban mis documentos.
La gente subía y bajaba y como de costumbre no solía fijarme en los
rostros de aquella gente fugaz, recuerdo que en una ocasión una compañera de
colegio se sentó a mi lado y no supe de su identidad sino hasta el momento de
pedirle permiso para poder bajar, aun así no me hubiera percatado que la
conocía si ella no se hubiera parado junto a mí y con voz rígida y directa se
hubiera despedido de mi.
Tal vez por este tipo de incidentes los pocos que me conocen me califican
con ese término, “sobrado”, mi respuesta a tal acusación siempre es la
misma: “no ando fijándome en los rostros de cada persona que sube o baja para
cerciorarme si lo conozco o no”
Trataba de recordar en que otras situaciones más me había sucedido algo
similar cuando sentí el vibrar de los vellos en mi brazo izquierdo, pensé que
debía de estar tan distraído como para no darme cuenta que alguien se había
sentado a mi lado, luego recordé que era común en mi.
Utilice el campo visual que me permitían mis ojos sin dejar de mirar al
frente para percatarme que era una joven la que estaba a mi lado, rápidamente
pude calcular su edad, era bueno para identificar la edad de las mujeres sin
verles el rostro, las manos de las mujeres revelan muchas cosas de ella,
pensaba. En este caso fue así, tenía las manos más perfectas y estilizadas que
había observado en mis años de vida, dedos delgados y moderadamente largos,
uñas cortas perfectamente cortadas, piel clara, tenía poblado los nudillos con
vellos muy delgados, que continuaban por la superficie de sus manos hasta
combinar con los de sus brazos que a los rayos del sol que entraban por el
ventanal diagonalmente parecían más castaños y brillantes aunque eran negros,
por esto deduje que el color de sus cabellos era negro.
Pronto mis pensamientos famélicos fueron reemplazados, imaginaba como sería
el rostro de aquella joven de hermosas manos, piel clara y finos vellos
oscuros. Lo más obvio era girar la cabeza y verla, pronto esa opción fue descartada
totalmente, no podía hacer eso, que haría si ella también me mirase, no sabría cómo
reaccionar a aquel momento en que sorprendiera viéndola, no me aventuraría a
girar la cabeza indiscriminadamente, entonces que podría hacer? Mi campo visual
solo alcanzaba para ver sus brazos, pronto su rostro era para mí un misterio
que debía resolver lo más pronto posible, decenas de rostros imagine para
aquella joven, todos mis planes para conocer su identidad sin que se de ella
cuenta pronto fracasaban antes de ejecutarse, solo quedaba un opción, tenía que
hablarle.
Pensé pronto en cómo podría empezar una conversación sin que pareciese un
ataque hacia ella, además de sus posibles respuestas ante tan inesperado
abordaje por parte mía, para empezar tenía que decir palabras coherentes, tal
vez si le preguntase la hora, hubiera sido perfecto si no hubiera tenido un
reloj en mi muñeca, las ideas no eran tan fluidas como el amazonas en temporada
de lluvias, eran mas bien como el Rímac en invierno.
De pronto noté movimiento, era ella, introdujo una de sus manos en su
bolso y extrajo un teléfono móvil, de reojo pude ver que era uno táctil, era
uno de aquellos modelos que acababan de salir al mercado, de pronto mi mente
dejó de maquinar.
—Señorita debería de guardar su teléfono—dije secamente.
Al terminar de proferir esto mi mente volvió a perderse entre
pensamientos de duda pero fue temporal, pensaba ahora si respondería, tal vez
no. No respondió pero sentí que volteó hacia mi, sentí su mirada puesta en mi,
yo solo atinaba a tener la mirada puesta al frente, incólume, esos segundo me
parecieron horas de angustia en los que sentí que mis orejas se hervían. Advertí
en un momento que dejo de mirarme, enderezó su mirada y con un movimiento lento
volvió a introducir una de sus manos con su teléfono para luego volver a
retirarla limpia, me había hecho caso, esperaba tal vez un gracias susurrado,
pero no escuche nada en los segundos siguientes.
Cerré los ojos para hacer el momento menos incómodo, tal vez para huir
del momento tan embarazoso y poder perderme en la ceguera interna, quería estar
en otro lado, cualquiera sería mejor que este asiento en este bus.
De entre a oscuridad tenue por causa de mis parpados cerrados escuche una
voz firme y fina, las palabras entraron en mi y tardaron en decodificarse.
—Es gracioso, ya perdí un teléfono en esta situación y aun no
escarmiento—dijo.
Al escuchar esto liberé a mis ojos de la penumbra en la que me encontraba
e instintivamente voltee la mirada hacia ella, me sonreía, sentí ruborizarme,
me estaba mirando, no sabía cómo debía de responder a aquella mirada tan
penetrante que tenía, sus ojos entrecerrados y esa risita que mostraban sus
labios, su tez era clara, no demasiado, lo suficiente como no considerarla
descendiente de anglosajones paliduchos.
Ahora era yo el que estaba obligado a responder algo, es difícil decir
algo cuando se olvida que idioma se habla, mi cerebro aun no supera situaciones
como esta. Su respuesta me tomo por sorpresa, aunque no debía de ser así, ya
que si le hablé era esperable que respondiese. Solo atiné a inclinar mi cabeza
hacia mis rodillas y sonreír, hace mucho que no lo hacía francamente.
Trate de ser coherente con la respuesta que sentí estaba obligado a dar.
—Yo ya perdí la cuenta de cuantas veces me ha sucedido—dije al fin.
—Y tú en que vez escarmentaste? —respondió rápidamente.
—No en la primera—dije también rápidamente.
—Y ahora te la pasas advirtiendo a otros para que escarmienten más pronto
que tú?—inquirió.
Me tomé un momento para responder pero finalmente:
—Solo a personas que portan teléfonos que si fueran míos me dolería
perderlos tan repentinamente—
—Respuesta perfectamente argumentada—dijo
—Por cierto mi nombre es…—
Antes de terminar vi venir su mano que terminó posándose sobre mis labios
y frustró mi intento por presentarme. Su mano estaba tibia, era tan suave y
despedía un vago olor agradable, de alguna crema imaginé.
Luego de un instante retiro rápidamente su mano.
—Lo siento, no debo saber tu nombre—dijo, con un semblante triste.
Quería preguntarle el porqué de su actuar pero decidí solo responder con
una pregunta
—Supongo que yo tampoco debo saber el tuyo, no es así? —
—Si, gracias por no preguntar por qué—dijo, con el semblante
restablecido.
Sonrió luego de esto, le correspondí también con una sonrisa. Una frenada
intempestiva nos sacudió, al parecer un taxi invadió el carril en el que estábamos
por querer adelantarse.
—Esos dementes al volante uno de estos días hará que nos matemos—dijo con
las cejas fruncidas.
Noté que su bolso había terminado bajo los asientos delanteros,
rápidamente atiné a recogerlos, algunas de sus pertenencias yacían regadas en
el piso, los recogí y guarde dentro de aquel bolso multicolor entre ellos un
libro rojo que en su portada tenía la foto de un robot que al parecer dormía.
Le alcancé su bolso pero me quedé con el peculiar libro.
— ¿Asi que te gusta leer libros de ciencia ficción? —pregunté con notoria
curiosidad.
— ¿Eso es lo que parece no?—dijo
—No recuerdo haber escuchado de tal autor—dije en tono dubitativo. — ¿Es
del género robots no es así? —
—Es uno de los más grandes referentes en el género. Si, gran parte de su
producción está centrada en ese tema—contestó.
—Puedo preguntarte donde es que bajarás? —inquirí.
—Ya lo hiciste—dijo sarcásticamente. —Bajo en Rukia. ¿Y tú?—
—Cuatro paraderos antes que yo, vivimos algo lejos del centro, tenemos aún
media hora de viaje por delante—dije
—Resumiendo, en Las Liseras—dijo. —Si, aun media hora, por que tantas
preguntas eh?—preguntó disgustada.
—Pues si es como supongo, este no es el primer libro de ese autor que has
leído, o yerro?—
Dije con una nota de altivez.
—Pues si, supones bien, y eso que?—preguntó mirándome a los ojos.
—Esperaba que me pudieras relatar uno de ellos, en lo que falta del
trayecto—respondí.
— ¿Y por qué supones que accederé a hacerlo?—pregunto sarcásticamente.
—Porque de no hacerlo no tendremos de que hablar en lo que falta del
viaje—dije mirándola.
Era extraño cuán rápido perdí ese temor de mirarla directamente a los
ojos, hace apenas unos minutos sentía morirme cuando puso sus ojos en mi y
ahora lo hago como si mirara tras un cristal buscando que hay tras este.
—Y eso será incomodo, entiendo—asintió. —Tú ganas, hay uno corto que me
agradó mucho—dijo serenamente.
— ¿Cómo se titula?—inquirí con gran curiosidad.
—Este relato se titula Robbie—respondió con una risa dibujada en sus
labios y empezó contando.
—Noventa
y ocho... noventa y nueve... ¡cien! —Gloria retiró su
antebrazo
de delante de los ojos y permaneció un momento parpadeando
al
sol. Después, tratando de mirar en todas direcciones a la vez, avanzó
cautelosamente
algunos pasos, apartándose del árbol contra el que se
apoyaba.
Estiró
el cuello, estudiando las posibilidades de unos matorrales que había
a
la derecha y se alejó unos pasos para tener mejor punto de vista
La
calma era absoluta, a excepción del zumbido de los insectos y el
trinar
de algún pájaro que afrontaba el sol de mediodía.
—Apostaría
a que se ha metido en casa, y le he dicho mil veces que esto no se vale— se
quejó.
Avanzando
se dirigió decididamente hacia el edificio de dos pisos del otro lado del
camino.
Demasiado
tarde oyó un crujido detrás de ella, seguido del claro “clump-clump” de los
pies metálicos de Robbie. Se volvió rápidamente para ver a su triunfante
compañero salir de su escondrijo y echó a correr hacia el árbol a toda
velocidad. Gloria chilló, desalentada.
—
¡Espera, Robbie! ¡Esto no se vale, Robbie! ¡Prometiste no salir hasta que te
hubiese encontrado!—Sus diminutos pies no podían seguir las gigantescas
zancadas de Robbie.
Entonces,
a tres metros de la meta, el
Paso
de Robbie se redujo a un mero arrastrarse y Gloria, haciendo un esfuerzo final
por alcanzarlo, echó a correr jadeante y llegó a tocar la corteza del árbol
primera.
Orgullosa,
se volvió hacia el leal Robbie y con ingratitud, le
recompensó
su sacrificio burlándose de su incapacidad para correr.
—¡Robbie
no puede correr! —gritaba con toda la fuerza de su voz de ocho años—. ¡Le gano
cada día! ¡Le gano cada día! —cantaban las palabras
con un ritmo infantil.
Robbie
no contestó, desde luego... con palabras. Echó a correr,
esquivando
a Gloria cuando la niña estaba a punto de alcanzarlo,
obligándola
a describir círculos que iban estrechándose, con los brazos
extendidos
azotando el aire.
—¡Robbie...
estate quieto! —gritaba. Y su risa salía estridente,
acompañando
las palabras.
Hasta
que Robbie se volvió súbitamente y la agarró, haciéndole dar
vueltas
en el aire, de manera que durante un momento para ella el
universo
fue un vacío azulado y los verdes árboles que se elevaban del
suelo
hacia el cielo. Y después se encontró de nuevo sobre la
hierba,
al lado de la pierna de Robbie y agarrada todavía a un duro dedo
de
metal.
Al
poco rato recobró la respiración. Trató inútilmente de arreglar su
alborotado
cabello con un gesto de vaga imitación de su madre y miró si
su
vestido se había desgarrado.
Golpeó
con la mano la espalda de Robbie.
—¡Mal
muchacho! ¡Malo, malo!¡Te pegaré!—grito súbitamente.
Y
Robbie se inclinaba, cubriéndose el rostro con las manos,
de
manera que ella tuvo que añadir:
—¡No,
no, Robbie! ¡No te pegaré! Pero ahora
me
toca a mí esconderme,
porque
tienes las piernas más largas y me prometiste no correr hasta que
te
encontrase.
Robbie
asintió con la cabeza y obedientemente se puso de
cara
al árbol. Una delgada película de metal bajó sobre sus ojos
relucientes
y del interior de su cuerpo salió un acompasado tic-tac.
—Y
ahora no mires, ni te saltes ningún número —le advirtió Gloria,
mientras
corría a esconderse.
Con
invariable regularidad fueron transcurriendo los segundos, y al llegar
a
cien se levantaron los párpados y los ojos colorados de Robbie
inspeccionaron
los alrededores. Al instante se fijaron en un trozo de tela
de
color que salía de detrás de una roca. Avanzó algunos pasos y se
convenció
de que era Gloria.
Lentamente,
manteniéndose entre Gloria y el árbol-meta, avanzó hacia el
escondrijo,
y, cuando Gloria estuvo plenamente a la vista y no pudo
dudar
de haber sido descubierta, tendió un brazo hacia ella, y se golpeó
con
el otro la pierna, produciendo un ruido metálico. Gloria salió,
contrariada.
—¡Has
mirado! —exclamó con neta deslealtad—. Además, estoy cansada
de
jugar al escondite. Quiero que me lleves a paseo.
Pero
Robbie estaba ofendido de la injusta acusación, y, sentándose
cautelosamente,
movió la cabeza contrariado de un lado a otro.
Gloria
cambió de tono, adoptando una gentil zalamería.
—Vamos,
Robbie, no lo he dicho en serio, que mirases. Llévame a paseo.
Pero
Robbie no era tan fácil de conquistar. Miró fijamente al cielo y siguió
moviendo
negativamente la cabeza, obstinado.
—¡Por
favor, Robbie, llévame a paseo! —Rodeó su cuello con sus rosados
brazos
y estrechó su presa. Después cambiando repentinamente de
humor,
se apartó de él—. Si no me das un paseo, voy a llorar. —Y su
rostro
hizo una mueca, dispuesta a cumplir su amenaza.
El
endurecido Robbie no hizo caso de la terrible posibilidad, y siguió
moviendo
la cabeza por tercera vez.
Gloria
consideró necesario jugar su última carta.
—Si
no me llevas —exclamó amenazadora— no te contaré más historias ¡Ni una más!
Ante
este ultimátum, Robbie se rindió sin condiciones y movió
afirmativamente
la cabeza, haciendo resonar su cuello de metal.
Levantó
cuidadosamente a la chiquilla y la sentó en sus anchos hombros.
Las
amenazadoras lágrimas de Gloria se secaron en el acto y se echó a
reír
con deleite. La piel metálica de Robbie, mantenida a una temperatura
constante
gracias a las resistencias interiores, era suave y agradable, y el
ruido
metálico que ella producía al golpear el cuerpo con sus tacones daba
mayor
encanto a la situación.
—Eres
un caza del aire, Robbie, eres un gran caza de plata del aire.
Tiende
los brazos. ¡Tienes que tenderlos, Robbie, si quieres ser un caza
del
aire!
Ante
aquella lógica irrefutable los brazos de Robbie se convirtieron en
alas,
que cogían las corrientes de aire, y fue un caza aéreo.
Gloria
se agarraba a la cabeza del robot, inclinándose hacia la derecha.
Entonces
dotó a la nave de un motor que hacía "Brrrr", y de armas que
producían
sonidos onomatopéyicos de disparos. Daba caza a los piratas y
las
baterías de la nave entraban en acción.
—¡Hemos
matado a otro! ¡Dos más!... —gritaba—. ¡Más aprisa, hombre!
¡Nos
quedamos sin municiones!
Apuntaba
por encima de su hombro con indomable valor, y Robbie era
una
achatada nave del espacio que zumbaba a través de la bóveda
celeste
con la máxima aceleración.
Cruzó
corriendo el campo hacia la alta hierba, y se detuvo con una
rapidez
que arrancó un grito a su sonrojada amazona y la dejó caer
suavemente
sobre la blanda alfombra verde. Gloria se reía y jadeaba,
lanzando
intermitentes exclamaciones.
—¡Oh,
qué bueno!...
Robbie
esperó a que recobrase la respiración y entonces le tiró
suavemente
de un mechón de pelo.
—¿Quieres
algo? —dijo Gloria con una expresión de inocencia en los
ojos,
que no consiguió engañar ni por un instante a su voluminosa
"niñera".
Robbie le tiró del pelo con más fuerza.
—¡Ah,
ya sé!... Quieres una historia. Robbie asintió rápidamente. —¿Cuál?
Robbie
describió un semicírculo en el aire con un dedo. —¿"Otra vez"? —
protestó
la chiquilla—. Te he explicado la Cenicienta un
millón
de veces. ¿No estás cansado de ella? ¡Es para niños! Bien, bien —
añadió,
viendo a Robbie describir otro semicírculo.
Gloria
reflexionó, evocó en su memoria el recuerdo del cuento (con sus
modificaciones
propias, que eran varias) y empezó:
—¿Estás
a punto? Bien, pues había una vez una bella muchacha que se
llamaba
Ella. Y tenía una cruel madrastra y dos hermanastras muy feas y
muy
malas y...
Gloria
había llegado al momento crítico del cuento: "Daba medianoche en
el
reloj y sus andrajos se convertían..."; y Robbie escuchaba
atentamente,
con los ojos ardientes, cuando vino la interrupción.
—¡Gloria!
Era
la voz aguda de una mujer que había llamado no una, sino varias
veces;
y tenía el tono nervioso de aquel a quien la ansiedad convierte en
impaciencia.
—Mamá
me llama —dijo Gloria, contrariada—. Será mejor que me lleves a
casa,
Robbie.
Robbie
obedeció apresuradamente, porque sabía que más valía cumplir
las
órdenes del señora Santos sin la menor vacilación. El padre de Gloria
estaba
raramente en casa durante el día, a excepción de los domingos
-hoy,
por ejemplo-, y cuando esto ocurría, se mostraba el hombre más
afable
y comprensivo. La madre de Gloria, en cambio, era una fuente de
sinsabores
para Robbie, que sentía siempre el deseo de alejarse de su
presencia.
La
señora Santos los vio en el momento en que aparecían por encima de los
altos
tallos de la vegetación, y volvió a entrar en la casa a esperarlos.
—Te
he llamado hasta quedarme ronca, Gloria —dijo severamente—.
¿Dónde
estabas?
—Estaba
con Robbie —balbució Gloria—. Le estaba contando la Cenicienta
y
he olvidado que era hora de comer.
—Pues
es una lástima que Robbie lo haya olvidado también. —Y como si
de
repente recordase la presencia del robot, se volvió rápidamente hacia
él—
. Puedes marcharte, Robbie. No te necesita ya. Y no vuelvas hasta
que
te llame —añadió secamente.
Robbie
dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo al oír a Gloria salir
en
su defensa.
—¡Espera,
mamá! Tienes que dejar que se quede: No he acabado de
contarle
la Cenicienta. Le he prometido contarle la Cenicienta y no he
terminado.
—¡Gloria!
—De
verdad, mamá. Se estará tan quieto que no te darás siquiera cuenta
de
que está aquí. Puede sentarse en la silla del rincón, y no dirá ni una
palabra...;
bueno, no hará nada, quiero decir. ¿Verdad, Robbie?
Robbie,
así interpelado, movió de arriba abajo su pesada cabeza.
—Gloria,
si no dejas esto inmediatamente, no verás a Robbie en una
semana.
La
chiquilla bajó los ojos.
—Bueno...,
pero la Cenicienta es su cuento favorito y no lo había
terminado...
¡Y le gusta tanto!
El
robot salió de la habitación con paso vacilante y Gloria ahogó un
sollozo.
José
Santos se encontraba a gusto... Tenía la inveterada costumbre de
pasar
las tardes de los domingos a gusto. Una buena digestión de la
sabrosa
comida; una vieja y muelle "chaise longue" para tumbarse; un
número
del "Times"; las zapatillas en los pies, el torso sin camisa...
¿Cómo
podía uno no encontrarse a gusto? No experimentó ningún placer,
por
lo tanto, cuando vio entrar a su esposa. Después de diez años de
matrimonio
era todavía lo suficientemente estúpido para seguir
enamorado
de ella, y tenía siempre mucho gusto en verla; pero las tardes
de
los domingos eran sagradas y su concepto de la verdadera comodidad
era
poder pasar tres o cuatro horas solo. Por consiguiente, concentró su
atención
en las últimas noticias de la expedición Lefebre-Yoshida a Marte
(tenía
que salir de la Base Luna y podía incluso tener éxito) y fingió no
verla.
La
señora Santos esperó pacientemente dos minutos, después, impaciente,
dos
más, y finalmente rompió el silencio.
—José...
—¿Ejem? —¡He dicho José! ¿Quieres dejar este periódico y
mirarme?
El periódico cayó al suelo, crujiendo, y José volvió el rostro
contrariado
hacia su mujer. —¿Qué ocurre, querida? —Ya sabes lo que
ocurre.
Es Gloria y esta terrible máquina. —¿Qué terrible máquina?
—No
finjas no saber de lo que hablo. El robot, al cual Gloria llama Robbie.
No
se aparta de ella ni un instante.
—¿Y
por qué quieres que se aparte? Es su deber... Y en todo caso, no es
ninguna
terrible máquina. Es el mejor robot que se puede comprar con
dinero
y estoy seguro de que me hace economizar medio año de renta. Es
más
inteligente que muchos de mis empleados.
Hizo
ademán de volver a tomar el periódico, pero su mujer fue más
rápida
que él y se lo arrebató.
—Vas
a escucharme, José. No quiero ver a mi hija confiada a una
máquina,
por inteligente que sea. No tiene alma y nadie sabe lo que es
capaz
de pensar. Una chiquilla no está hecha para ser guardada por una
"cosa"
de metal.
—¿Y
cuándo has tomado esta decisión? —preguntó la señora Santos frunciendo
el
ceño—. Ya lleva con Gloria dos años y no he visto que te preocupases
hasta
ahora.
—Al
principio era diferente. Era una novedad, me quitó un peso de
encima
y era una cosa elegante. Pero ahora, no sé... los vecinos...
—¿Y
qué tienen que ver los vecinos con esto? Mira, un robot es
muchísimo
más digno de confianza que una nodriza humana. Robbie fue
construido
en realidad con un solo propósito: ser el compañero de un
chiquillo.
Su "mentalidad" entera ha sido creada con este propósito. Tiene
forzosamente
que querer y ser fiel a esta criatura. Es una máquina,
"hecha
así". Es más de lo que puede decirse de los humanos.
—Pero
puede ocurrir algo. Puede... puede —La señora Santos tenía unas ideas
muy
vagas del contenido interior de un robot—, no sé, si algo de dentro
se
estropease y...
No
podía decidirse a completar su claro y espantoso pensamiento.
—Tonterías...
—negó don José con un involuntario estremecimiento
nervioso—.
Es completamente ridículo. Cuando compré a Robbie tuvimos
una
larga discusión acerca de la Primera Regla Robótica. Ya sabes que un
robot
no puede dañar a un ser humano; que mucho antes de que algo
pudiese
alterar esta Primera Regla, el robot quedaría completamente
inutilizado.
Es una imposibilidad matemática. Además, dos veces al año
viene
un ingeniero de la U.S. Robots a hacer una revisión completa del
mecanismo.
Hay menos probabilidades de que se estropee algo en
Robbie,
de que uno de nosotros se vuelva repentinamente loco;
considerablemente
menos. Además, ¿cómo se lo vas a quitar a Gloria?
Hizo
una nueva e infructuosa tentativa de tomar el periódico y su mujer lo
arrojó
con rabia a la habitación contigua.
—Ahí
está la cosa,querido. No quiere jugar con nadie más. Hay por aquí
docenas
de niños y niñas con quienes podría trabar amistad, pero no
quiere.
No quiere ni acercarse a ellos, a menos que yo la obligue. Es
imposible
que se críe así. Querrás que sea una niña normal, ¿verdad?
Querrás
que sea capaz de ocupar su sitio en la sociedad... supongo.
—Estás
luchando contra las sombras, querida. Imagínate que Robbie es un
perro.
He visto centenares de chiquillos que querían más a su perro que a
su
padre.
—Un
perro es diferente, José. Tenemos que librarnos de este terrible
instrumento.
Puedes volverlo a vender a la compañía. Lo he preguntado y
es
posible.
—¿Que
lo has... "preguntado"? Mira, querida, escucha, no nos apartemos
de
la cuestión. Vamos a conservar el robot hasta que Gloria sea mayor, y
no
se hable más de este enojoso asunto.
Y
con estas palabras, salió de la habitación dando un bufido.
Dos
días después, la señora Santos encontró a su marido en la puerta.
—Tienes
que escuchar una cosa, José. Hay mala voluntad por el
pueblo.
—¿Acerca
de qué? —preguntó don José entrando en el cuarto de baño
y
ahogando la posible respuesta con el ruido del agua.
La
señora Santos esperó a que cesara. Después dijo: —Acerca de Robbie.
Don
José avanzó un paso con la toalla en la mano, el rostro colorado y
colérico.
—¿Qué diablos estás diciendo? —La cosa se ha ido formando y
formando...
He tratado de cerrar los
ojos
y no verlo, pero no puedo más. Todo el pueblo considera a Robbie
peligroso.
No dejan acercarse aquí a los chiquillos.
—Nosotros
le confiamos nuestra hija. —La gente no razona, ante estas
cosas.
—¡Pues que se vayan al diablo! —Decir esto no resuelve el
problema.
Yo tengo que comprar allí. Tengo
que
ver a los vecinos cada día. Y estos días es peor cuando se habla de
robots.
Nueva York acaba de dictar la orden prohibiendo que los robots
salgan
a la calle entre la puesta y la salida del sol.
—Muy
bien, pero no pueden impedirnos tener un robot en nuestra casa,
querida.
Esto es una de tus campañas. La conozco. Pero la respuesta es la
misma.
¡No! Seguiremos teniendo a Robbie.
Y
no obstante, quería a su mujer; y, lo que era peor aún, su mujer lo
sabía.
José Santos, al fin y al cabo, no era más que un hombre, ¡el
pobre!,
y su mujer echaba mano de todos los artilugios que el sexo más
torpe
y escrupuloso ha aprendido, con razón e inútilmente, a temer.
Diez
veces durante la semana que siguió, tuvo ocasión de gritar: "¡Robbie
se
queda... y se acabó!", y cada vez lo decía con menos fuerza y
acompañado
de un gruñido más plañidero.
Llegó
finalmente el día en que don José se acercó tímidamente a su hija y
le
propuso acudir a un espectáculo de impresiones en el pueblo.
—¿Puede
venir Robbie?
—No,
querida —dijo él estremeciéndose al sonido de su voz—, no admiten
robots
en el espectáculo, pero podrás contárselo todo cuando volvamos a casa.
—Dijo
las últimas palabras balbuceando y miró a lo lejos.
Gloria
regresó del pueblo hirviendo de entusiasmo, porque el la funcion era
realmente
un espectáculo magnífico.
Esperó
a que su padre metiese el coche a reacción en el garaje
subterráneo
y dijo:
—Espera
que se lo cuente a Robbie, papá. Le hubiera gustado mucho.
Especialmente
cuando Francis Fran retrocedía tan sigilosamente y tropezó
con
uno de los Hombres-Leopardo y tuvo que huir. —Se rió de nuevo—.
Papá,
¿hay verdaderamente hombres-leopardo en la Luna?
—Probablemente,
no —dijo don José distraído—. Es sólo fantasía.
No
podía entretenerse ya mucho con el coche. Tenía que afrontar la
situación.
Gloria echó a correr por el césped.
—¡Robbie!
¡Robbie!
De
repente se detuvo al ver un magnífico perro de pastor que la miraba
con
ojos dulces, moviendo la cola.
—¡Oh,
que perro más bonito! —dijo Gloria subiendo los escalones del
porche
y acariciándolo cautelosamente—. ¿Es para mí, papá?
—Sí,
es para ti, Gloria —dijo su madre, que acababa de aparecer junto a
ellos—.
Es muy bonito, y muy bueno. Le gustan las niñas.
—¿Y
sabe jugar? —¡Claro! Sabe hacer la mar de trucos. ¿Quieres ver
algunos?
—En seguida. Quiero que lo vea Robbie también. ¡"Robbie"!... —
Se
detuvo, vacilante, y frunció el ceño— Apostaría a que se ha encerrado en
su
cuarto, enojado conmigo porque no le he llevado al ver el espectáculo. Tendrás
que
explicárselo, papá. A mí quizá no me creería, pero si se lo dices tú
sabrá
que es verdad.
Don
José se mordió los labios. Miró a su mujer, pero ella apartaba la vista.
Gloria
dio rápidamente la vuelta y bajó los escalones del sótano al
tiempo
que gritaba: —¡Robbie..., ven a ver lo que me han traído papá y
mamá!
¡Me han
comprado
un perro, Robbie! Al cabo de un instante, había regresado asustada.
—Mamá,
Robbie no está en su habitación. ¿Dónde está? —
—Aquí me tengo que bajar—dijo mirándome, interrumpiendo el relato y
sacándome del letargo en el que me encontraba por aquella voz hipnotizante.
El cobrador anunciaba a gran voz el paradero próximo para cerciorarse si
alguien bajaría en aquel.
—Baja—dijo ella.
— ¿Te volveré a ver? —me apresuré a preguntar.
—Solo si subes en el bus en el que yo, acostumbro abordarlos a la misma hora
y en el mismo lugar—respondió mientras se preparaba para bajar.
DIA 2: ANGUSTIA Y
DESENLACE
Mientras me dirigía al paradero hice unos cuantos cálculos, sumando y
restando minutos pude resolver en que paradero abordó el bus, también hice unos
cálculos de la hora aproximada en que abordó el bus el día anterior, aún
faltaba 40 minutos para que aborde el bus a la misma hora que ayer, esa hora
era la única clara que recordaba, tenía que considerar todas la posibles
situaciones que puedan ocurrir. Si el
bus tardaría unos minutos más o minutos menos en hacer el mismo
recorrido hasta el paradero donde ella esperaba, tenía que estar en ese
paradero a esa hora que ella abordó.
Mis angustias empezaron, tal vez jamás la vuelva a ver, quizá aborde un
bus antes que el mío, o peor uno después del mío. En un momento pensé que sería
mejor que la esperara en ese paradero y que los dos abordemos el bus, pero
pronto descarte esa idea, el destino fue el que nos juntó y si quiere volver a
juntarnos lo hará.
Ya casi se había cumplido el tiempo, 35 minutos habían transcurrido, el
siguiente bus seria el elegido, espere 3 minutos más antes que apareciese “el
rojo”.
A esa hora no habían mucha afluencia de público, habían unos cuantos
asientos juntos vacíos, me senté junto al pasillo para evitar que alguien se
sentara junto a mi.
Las dudas hacían de mi estragos, sentí que el bus estaba demorando más de
lo que debía en llegar a aquel paradero esperado donde subiría ella si era el
tiempo correcto, el reloj me tranquilizó, era la hora que generalmente le toma
llegar al paradero Primavera uno antes del que creo que ella abordó.
Preferí cerrar los ojos, era mejor que ver el paradero sin ella esperando
en el. Sentí la desaceleración del bus y luego se puso en marcha nuevamente, el
destino tenía ahora el control.
—Permiso por favor—dijeron.
Me sentí obligado a volver a ver al sentir que tocaban mi hombro, lo hice
rápidamente para dar paso.
— ¿Sueles cerrar los ojos mientras te golpeas una pierna? — Era ella, con
esa última pregunta recordé su tono de voz.
— ¿Y bien? ¿Me dejaras parada aquí hasta que baje o te moverás?—dijo algo
divertida.
Rápidamente tomé mi lugar y ella el suyo, esta vez traía el cabello
recogido con una cinta violeta.
—Parece que calculaste muy bien el tiempo—dijo mientras acomodaba su
bolso sobre sus piernas.
—Eso parece—dije, sonriendo.
Respondió a mi sonrisa con la suya propia.
—Ayer te fuiste cuando la historia se ponía interesante—mascullé.
—Es mi parte favorita, “el nudo”—dijo, ensalzando la última palabra.
— ¿Continuamos entonces?—pregunté amablemente.
Extrañaba el sonido de su voz y la fluidez que tomaba esta cuando
relataba.
—Continuamos—dijo, dando un respiro significativo.
No
hubo respuesta; José Santos tosió y se sintió repentinamente interesado
por
una nube que iba avanzando perezosamente por el cielo. La voz de
Gloria
estaba preñada de lágrimas—. ¿Dónde está Robbie, mamá?
La
señora Santos se sentó y atrajo suavemente a su hija hacia ella. —No te
importe,
Gloria. Robbie se ha marchado, me parece. — ¿Marchado?...
¿Adónde?
¿Adónde se ha marchado, mamá? —Nadie lo sabe, hijita. Se ha
marchado.
Lo hemos buscado y buscado
por
todas partes, pero no lo encontramos. —¿Quieres decir que no va a
volver
nunca más? —sus ojos se
redondeaban
por el horror. —Quizá lo encontraremos pronto. Seguiremos
buscándolo.
Y entretanto
puedes
jugar con el perrito. ¡Míralo! Se llama "Relámpago" y sabe... Pero
Gloria
tenía los párpados bañados en lágrimas. — ¡No quiero el perro feo!
¡Quiero
a Robbie! ¡Quiero que me encuentres a Robbie! Su desconsuelo era demasiado
hondo para expresarlo con palabras, y prorrumpió en un ruidoso llanto. La
señora Santos pidió auxilio a su marido con la mirada, pero él seguía balanceando
rítmicamente los pies y no apartaba su ardiente mirada del
cielo,
de manera que tuvo que inclinarse para consolar a su hija.
—
¿Por qué lloras, Gloria? Robbie no era más que una máquina, una
máquina
fea... No tenía vida.
—
¡No era una máquina! —gritó Gloria con fuego—. Era una persona como
tú
y como yo y además era mi amigo. ¡Quiero que vuelva! ¡Oh, mamá,
quiero
que vuelva...!
La
madre gimió, sintiéndose vencida, y dejó a Gloria con su dolor.
—Déjala
que llore a su gusto —le dijo a su marido—; el dolor de los
chiquillos
no es nunca duradero. Dentro de unos días habrá olvidado que
aquel
espantoso robot haya existido.
Pero
el tiempo demostró que la señora Santos había sido demasiado
optimista.
Desde luego, Gloria dejó de llorar, pero dejó de sonreír y cada
día
se mostraba más triste y silenciosa. Gradualmente, su actitud de
pasiva
infelicidad
fue minando a la señora Santos y lo único que la retenía de ceder,
era
su incapacidad de confesar la derrota a su marido.
Hasta
que una noche, entró en el "living", se sentó y se cruzó de brazos,
desalentada.
Su marido estiró el cuello para verla por encima del
periódico.
—
¿Qué te sucede querida?
—Es
esta chiquilla, José. He tenido que devolver el perro hoy. Gloria
me
dijo que no podía soportar verlo. Hará que tenga un ataque de
nervios.
Don
José dejó el periódico a un lado y un destello de esperanza apareció en
sus
ojos.
—Quizá...,
quizá tendríamos que volver a pedir a Robbie. Es posible,
sabes...
Puedo hablar con...
—¡No!
—respondió ella secamente—. No quiero oír hablar de él. No vamos
a
ceder tan fácilmente. Mi hija no tiene que ser criada por un robot,
aunque
necesite años para quitárselo de la cabeza.
Don
José volvió a tomar el periódico con aire decepcionado. —Un año así y
tendré
el cabello prematuramente gris. —No eres de gran ayuda José.
—Fue
la glacial contestación—. Lo que
Gloria
necesita es un cambio de ambiente. Aquí no puede olvidar a
Robbie,
desde luego. ¿Cómo puede olvidarlo si cada árbol y cada roca se
lo
recuerda? Es realmente la situación más tonta de que he oído hablar.
¡Imagínate
una criatura desfalleciendo por la pérdida de un robot!
—Bien,
vamos al grano. ¿Cuál es el cambio de ambiente que planeas? —
Vamos
a llevarla a Nueva York. — ¡En agosto! Oye, ¿sabes lo que
representa
Nueva York en agosto? ¡Es
insoportable!
—Hay millones que lo soportan. —No tienen un sitio como
éste
donde estar. Si no tuviesen que
quedarse
en Nueva York, no se quedarían. —Pues nosotros tendremos
que
quedarnos también. Vamos a salir en
seguida,
en cuanto hayamos hecho los preparativos. En Nueva York,
Gloria
encontrará suficientes distracciones y suficientes amigos para
hacerle
olvidar esta máquina.
—
¡Oh, Dios mío!... —gruñó el infeliz marido—. ¡Aquellos pavimentos
abrasadores!
—Tenemos
que ir —fue la implacable respuesta—. Gloria ha perdido dos
kilos
este mes y la salud de mi hijita es más importante para mí que tu
comodidad.
—Es
una lástima que no hayas pensado en la salud de tu hijita antes de
privarla
de su querido robot —murmuró él..., para sí mismo.
Gloria
dio inmediatamente síntomas de mejoría en cuanto oyó hablar del
inminente
viaje a la ciudad. Hablaba poco de él, pero cuando lo hacía era
siempre
con vivo entusiasmo. Comenzó de nuevo a sonreír y a comer con
su
precedente apetito.
La
señora Santos no cabía en sí de júbilo y no perdía ocasión de demostrar su
triunfo
sobre su todavía escéptico marido.
—
¿Lo ves, José? Ayuda a hacer el equipaje como un angelito y charla
como
si no hubiese tenido un disgusto en su vida. Es lo que te dije, lo que
necesitaba
era fijar su interés en otra cosa.
—
¡Ejem!... —respondió el marido, escéptico—. Esperemos que así sea.
Los
preliminares se hicieron rápidamente. Se tomaron las disposiciones
para
el alojamiento en la ciudad y un matrimonio quedó encargado del
cuidado
de la casa de campo. Cuando finalmente llegó el día de la
marcha,
Gloria había vuelto a ser la misma de antes y ni la menor alusión
de
Robbie pasó por sus labios.
Con
el mejor humor, la familia tomó un taxi hasta el aeropuerto
(Don
José hubiera preferido ir en su auto, pero era sólo un dos plazas y
no
había sitio para el equipaje) y entraron en el avión que esperaba para
salir.
—Ven,
Gloria, te he reservado un sitio al lado de la ventana para que
veas
el paisaje.
Gloria
ocupó el sitio indicado, aplastó su naricilla contra el grueso vidrio y
miró
con un interés que aumentó al comenzar a rugir los motores
Era
demasiado pequeña para asustarse cuando la tierra empezó a alejarse a sus pies
y sintió aumentar el doble de su peso. Sólo cuando la
tierra
hubo cambiado de aspecto y se convirtió en una vasta manta de
cuadros
de colores, apartó la nariz del vidrio y se volvió hacia su madre.
—¿Llegaremos
pronto a la ciudad, mamá? —preguntó rascándose la nariz
helada
y observando cómo se desvanecía la mancha opaca que su aliento
había
dejado en la ventana.
—Dentro
de media hora, hija mía. ¿No estás contenta de que vayamos?
—añadió
con sólo un leve tono de ansiedad en la voz—. ¿No vas a ser
muy
feliz en la ciudad, con los edificios y la gente y tantas cosas que ver?
Iremos
al a aquel espectaculo que tanto te gusta cada día, y al teatro, y al circo y a
la playa, y...
—Sí,
mamá —fue la respuesta sin entusiasmo de la chiquilla. La nave
pasaba
en aquel momento sobre un mar de nubes y Gloria quedó en el
acto
absorbida en la contemplación de aquella masa que tenía a sus pies.
Después
volvieron a encontrarse en medio de un cielo azul y se volvió
hacia
su madre con un súbito aire misterioso de secreto.
—Ya
sé por qué vamos a la ciudad, mamá. —¿Sí, hija mía? —dijo Mrs.
Weston
intrigada—. ¿Y por qué? —No me lo has dicho porque querías
darme
una sorpresa, pero lo sé. —
Quedó
un momento sumida en la admiración de su aguda perspicacia y
después
se echó a reír alegremente—. Vamos a Nueva York porque allí
podremos
encontrar a Robbie, ¿no es verdad? Con detectives.
La
suposición pilló al señor Santos en el momento de beber un vaso de
agua,
con desastrosos resultados.
Hubo
una especie de ronquido, un géiser de agua y una tos de alguien
que
se ahoga. Cuando todo hubo terminado, ofreció el aspecto de una
persona
profundamente contrariada, tenía el rostro colorado y estaba
mojado
de pies a cabeza.
La
señora Santos mantuvo su compostura, pero cuando Gloria hubo repetido
su
pregunta con el ansia redoblada en la voz, su mal humor triunfó.
—Quizá
—repitió secamente—. Y ahora siéntate y estate quieta, por el
amor
de Dios.
Por
orden estricta de su mujer, don José había tomado las disposiciones
necesarias
para que sus negocios marchasen solos por algún tiempo, a fin
de
estar libre y poder dedicar el tiempo a lo que él llamaba "salvar a
Gloria
del borde del abismo". Como era costumbre en Weston, lo hizo de
aquella
forma precisa, minuciosa y eficiente que era propia de él. Antes
de
que hubiese transcurrido un mes, nada de lo que podía hacerse había
dejado
de ser hecho.
Gloria
fue llevada al último piso del hotel Roosevelt , que medía casi un
kilómetro
de altura, y desde donde se gozaba del abigarrado panorama
de
los edificios que se extendían hasta los campos de Long Island y las
tierras
llanas de Nueva Jersey. Visitaron los jardines zoológicos, donde
Gloria
contempló con emocionado temor un "verdadero león vivo" (con la
consiguiente
decepción de ver que los guardianes lo alimentaban con
trozos
de carne cruda y no con seres humanos, como ella esperaba), y
pidió
con insistencia y de manera perentoria ver "la ballena".
Los
diversos museos contribuyeron también a llamar su atención, así
como
parques, playas y el acuario.
Llevaron
a Gloria hasta medio curso del Hudson en un barco
especialmente
decorado, que evocaba el arcaísmo de los años veinte.
Viajó
por la estratosfera en una salida de exhibición y vio el cielo ponerse
de
color de púrpura, las estrellas destacar en el firmamento y la Tierra
nebulosa
tomar bajo ellos el aspecto de una gran taza cóncava. Una nave
submarina
de paredes transparentes le hizo visitar las aguas de Long
Island
y vio aquel mundo verde y tembloroso, y los monstruos marinos
acercarse
a ella y huir después atemorizados.
En
un terreno más prosaico, la señora Santos la llevó a los grandes
almacenes,
donde pudo soñar de nuevo a su antojo.
En
resumen, cuando el mes hubo casi transcurrido, los Santos estaban
convencidos
de haber hecho cuanto era humanamente posible para
quitarle
de la cabeza al desaparecido Robbie, pero no estaban muy
seguros
de haberlo conseguido.
El
hecho cierto era que dondequiera que llevasen a Gloria, desplegaba el
más
vivo interés por todos los robots que se le ponían delante. Por muy
interesante
que fuese el espectáculo a que asistía, por nuevo que fuese a
sus
ojos infantiles, su mirada se fijaba implacablemente en cualquier
parte
donde viese un movimiento metálico.
La
situación alcanzó su apogeo con el episodio del Museo de Ciencia y de
Industria.
El Museo había anunciado un "programa infantil" especial
donde
tenían que hacerse demostraciones de magia científica reducidas a
la
escala de la mentalidad infantil. Los Weston, desde luego, pusieron el
espectáculo
en la lista de "indispensables".
Los
Santos estaban completamente absorbidos por los experimentos de
un
potente electroimán cuando la señora Santos se dio súbitamente cuenta de
que
Gloria no estaba con ellos. El pánico inicial se convirtió en metódica
decisión
y con la ayuda de tres empleados se comenzó una minuciosa
búsqueda.
Gloria,
por su parte, no era de esas chiquillas que rondan al azar. Para su
edad,
era inusitadamente decidida, saturada de idiosincrasia maternal, a
este
respecto. En el tercer piso había visto un gran cartel con una flecha y
la
indicación "Al Robot Parlante", y después de haberlo deletreado sola
y
observando
que sus padres no parecían decididos a avanzar en aquella
dirección,
hizo lo que consideró indicado. Esperando un momento de
distracción
paterna, dio media vuelta y siguió la flecha.
El
Robot Parlante era verdaderamente un "tour de force"; pero un
artefacto
totalmente inútil, sin más valor que el publicitario. Cada hora,
un
grupo de visitantes escoltados por un empleado se detenía delante del
robot
y
hacía preguntas al ingeniero encargado del robot, con discretos
susurros.
Las que el ingeniero juzgaba aptas para ser contestadas por los
circuitos
del robot, le eran transmitidas.
Era
una tontería. Puede ser muy interesante saber que el cuadrado de
catorce
es ciento noventa y seis, que la temperatura en este momento es
de
28o centígrados, que la presión del aire acusa 750 mm de mercurio, y
que
el peso atómico del sodio es 23, pero para esto, en realidad, no se
necesita
un robot. No se necesita, en especial, una enorme masa inmóvil
de
alambres y espirales que ocupa veinticinco metros cuadrados.
Pocos
eran los que hacían una segunda experiencia, pero una chiquilla de
unos
diez años estaba tranquilamente sentada en un banco esperando la
tercera
exhibición. Era la única persona que había en la sala cuando
Gloria
entró, pero no la miró. Para ella, en aquel momento otro ser
humano
era un ejemplar completamente despreciable. Consagraba su
atención
a aquel objeto lleno de ruedas dentadas
De
momento, vaciló con cierto desaliento. Aquello no se parecía a
ninguno
de los robots que ella había visto. Cautelosamente, vacilando,
levantó
su débil voz.
—Por
favor, Mr. Robot, perdone, ¿es usted el Robot Parlante?
No
estaba muy segura de ello, pero le parecía que un robot que hablaba
merecía
toda clase de consideraciones
(Por
el delgado rostro de la muchacha de diez años pasó una mirada de
intensa
concentración. Sacó un carnet de notas del bolsillo y comenzó a
escribir
rápidamente).
Se
oyó un girar de mecanismos bien engrasados y una voz metálica lanzó
unas
palabras que carecían de acento y entonación.
—Yo-soy-el-robot-parlante.
Gloria
lo miró contrariada. "Hablaba", pero el sonido venía de dentro. No
había
rostro al cual hablar.
—¿Puede
usted ayudarme, Mr. robot? —dijo.
El
Robot Parlante estaba construido para contestar preguntas, pero sólo
las
preguntas que se podían hacer. Confiado en su capacidad, sin
embargo,
respondió:
—Puedo-ayudarle.
—Gracias, Mr. Robot. ¿Ha visto usted a Robbie? —
¿Quién-es-Robbie?
—Un robot, Mr. Robot, señor —se puso de puntillas—.
Es
así de alto,
pero
más alto, y muy bueno. Tiene cabeza, sabe... Bueno, usted no tiene,
pero
él sí. —¿Un robot?... —preguntó el Robot Parlante un poco perplejo.
—Sí,
mister Robot. Un robot como usted, salvo que, naturalmente, no
sabe
hablar y que..., parece una persona de veras. —¿Un-robot-como-yo?
—Sí,
mister Robot. A lo cual el robot parlante sólo contestó con un ruido
de
engranajes y
un
sonido incoherente. Trató de ponerse lealmente a la altura de su
misión
y se fundieron media docena de bobinas. Zumbaron algunas
señales
de alarma.
(En
aquel momento la muchacha de diez años se marchó. Tenía bastante
para
su primer artículo sobre "Aspectos Prácticos del Robotismo". Era el
primero
de los varios que tenía que escribir Susan Calvin sobre este
tema).
Gloria
permanecía de pie con mal disimulada impaciencia, esperando la
respuesta
del robot, cuando oyó un grito detrás de ella.
—¡Allí
está! —Y en el acto reconoció la voz de su madre—. ¿Qué estás
haciendo
aquí, mala muchacha? —exclamó, su ansiedad transformándose
en
el acto en cólera—. ¿No sabes el miedo que has hecho pasar a papá y
mamá?
¿Por qué te has escapado?
El
ingeniero del robot había aparecido también, mesándose los cabellos y
preguntando
quién diablos había estropeado la máquina.
—¿Es
que no saben ustedes leer? ¿No saben que no tienen derecho a
estar
aquí sin ir acompañados?
Gloria
levantó su ofendida voz.
—He
venido sólo a ver el Robot Parlante, mamá. Pensé que quizá sabría
dónde
estaba Robbie, puesto que los dos son robots. —Y al aparecer en
su
mente el recuerdo de Robbie, estalló en una tempestad de lágrimas—.
¡Tengo
que encontrar a Robbie, mamá, tengo que encontrarlo!
—¡Ah,
Dios mío, esto es más de lo que soy capaz de soportar! — exclamó
La
señora Santos ahogando un grito—. ¡Volvamos a casa, José!
Aquella
tarde, don José se ausentó durante algunas horas y a la mañana
siguiente
se acercó a su mujer en una actitud sospechosamente
complaciente.
—He
tenido una idea, querida. —¿Sobre qué? —preguntó ella con soberana
indiferencia.
—Sobre Gloria. —¿No vas a proponer devolverle el robot?
—No,
desde luego que no.
—Entonces,
sigue. No tengo inconveniente en escucharte. Nada de lo que
hemos
hecho parece haber servido de nada.
—Muy
bien. He aquí lo que he estado pensando. El gran mal de Gloria es
que
piensa en Robbie como persona y no como máquina. Naturalmente,
no
puede olvidarlo. Ahora bien, si conseguimos convencer a Gloria de que
su
Robbie no era más que un amasijo de acero y cobre en forma de
planchas
y que el jugo de su vida no era más que hilos y electricidad,
¿cuánto
tiempo duraría su anhelo? Es la forma psicológica de ataque, si
entiendes
lo que quiero decir.
—¿Y
cómo pretendes conseguirlo?
—Simplemente,
¿dónde imaginas que fui, anoche? He persuadido a
Robertson,
de la U. S. Robots & Mechanical Men Inc., que nos permita
realizar
mañana una visita completa de sus talleres. Iremos los tres y una
vez
hayamos terminado la visita, Gloria estará convencida de que un
robot
no es una cosa viva.
Los
ojos de la señora Santos habían ido agrandándose progresivamente,
delatando
una súbita y profunda admiración.
—¡Pero...
José..., esto es una excelente idea! Los botones de la
chaqueta
de José Santos tiraron con fuerza. —Es de las que tengo
yo...
—dijo.
Don
Struthers era un director general concienzudo y naturalmente
inclinado
a ser un poco locuaz. Esta combinación dio por resultado una
visita
que fue totalmente, quizá con exceso, explicada en todas sus fases.
Sin
embargo, la señora Santos no se aburría. Al contrario, más de una vez se
detuvo
e insistió en que explicase detalladamente algo en un lenguaje
suficientemente
claro para que Gloria lo entendiese. Bajo la influencia de
esta
apreciación de sus facultades narrativas, don Struthers se sintió
comunicativo
y se extendió con mayor genialidad todavía, si cabe.
Incluso
George Weston demostraba una creciente impaciencia.
—Perdóneme,
Struthers —dijo, interrumpiendo una conferencia sobre la
célula
fotoeléctrica—; ¿no tienen ustedes una sección donde sólo se
emplee
mano de obra robot?
—¡Oh,
sí; sí, desde luego! —dijo sonriendo a la señora Santos—. Un círculo
vicioso,
en cierto modo; robots creando robots. Desde luego, no hacemos
una
práctica general de ello. En primer lugar, porque los sindicatos no nos
lo
permitirían. Pero conseguimos poder utilizar algunos robots como mano
de
obra robot, únicamente como una especie de experimento científico.
Comprenda...
—prosiguió golpeándose la palma de la mano con sus lentes
para
dar paso a su argumentación—, lo que los sindicatos no comprenden
-y
lo dice un hombre que ha simpatizado siempre con la obra sindical en
general-
es que el advenimiento del robot, aun cuando aportando al
empezar
alguna dislocación en el trabajo, tendrá inevitablemente que...
—Si,
Struthers —dijo Santos—, pero esta sección de que habla usted,
¿podemos
verla? Debe de ser muy interesante, estoy seguro.
—¡Sí,
sí, desde luego! —Don Struthers se puso los lentes con un
movimiento
convulsivo y soltó una tosecita de desaliento. Síganme, por
favor.
Mientras
siguieron un largo corredor y bajaron un tramo de escaleras,
Struthers,
precediendo a los demás, estuvo relativamente tranquilo.
Después,
una vez hubieron entrado en una vasta habitación intensamente
iluminada
donde reinaba el zumbido de una mecánica actividad, se
abrieron
las compuertas y desbordó el chorro de sus explicaciones.
—Aquí
lo tiene usted —dijo con el orgullo impreso en su voz—. ¡Sólo
robots!
Cinco hombres actúan como inspectores y no tienen siquiera que
estar
en esta habitación. En cinco años, es decir, desde que inauguramos
este
sistema, no ha ocurrido un solo accidente. Desde luego, los robots
aquí
reunidos son relativamente sencillos, pero...
La
voz del director general se había convertido hacía tiempo ya en un
murmullo
tranquilizador a los oídos de Gloria. Toda aquella visita le
parecía
aburrida e inútil, a pesar de que hubiese muchos robots a la vista.
Ninguno
de ellos era ni remotamente como Robbie, y los contemplaba con
manifiesto
desdén.
Vio
que en aquella habitación no había ser viviente. Entonces sus ojos se
fijaron
en seis o siete robots que trabajaban activamente en una mesa
redonda
en el centro de la sala, y se apartaron con una sorpresa de
incredulidad.
La sala era espaciosa. Gloria no podía verlo bien, pero uno
de
los robots parecía... parecía... ¡"era"!
—¡Robbie!
—El grito rasgó el aire y uno de los robots se estremeció y dejó
caer
la herramienta que manejaba
Gloria
estaba como loca de alegría.
Metiéndose
por debajo de la barandilla antes de que sus padres pudiesen
impedirlo,
saltó al suelo, situado algunos palmos más abajo y corrió hacia
Robbie,
con los brazos abiertos y el cabello flotando.
Y
en aquel momento, las tres personas mayores vieron horrorizadas, al
tiempo
que quedaban paralizadas de espanto, lo que la chiquilla no vio:
un
enorme
tractor que avanzaba a ciegas, siguiendo el camino que tenía
trazado.
José
Santos necesitó una fracción de segundo para volver en sí, pero aquella
fracción
de segundo lo representó todo porque Gloria ya no podía ser
salvada,
todo era claramente inútil.
Struthers
hizo una rápida seña a los inspectores para que detuviesen el tractor, pero los
inspectores no eran más que seres humanos y
necesitaron
tiempo para actuar.
Sólo
fue Robbie quien actuó rápidamente y con precisión.
Devorando
con sus piernas de metal el espacio que lo separaba de su
amita,
se lanzó hacia ella viniendo de la dirección opuesta. Todo ocurrió
en
un instante. Extendiendo el brazo, Robbie agarró a Gloria sin moderar
su
marcha en lo más mínimo y dejándola, por consiguiente, sin aire en los
pulmones.
José Santos, sin comprender muy bien lo que ocurría, sintió, más
que
vio, a Robbie pasar por su lado como un alud y detenerse en seco. El tractor
cortó el camino donde había estado Gloria, medio segundo después de que Robbie
la hubo arrastrado tres metros, y se detuvo con
un
chirrido metálico y prolongado.
Gloria
recobró el aliento, fue sometida a una serie de apasionados
abrazos
y caricias por parte de sus padres y se volvió emocionada hacia
Robbie.
Para ella no había ocurrido nada, salvo que había encontrado a su
amigo.
Pero
la expresión de la señora Santos había pasado de la franca alegría a la
de
una sombría suspicacia. Se volvió hacia su marido, y, pese a su
descompuesto
y alterado aspecto, consiguió adoptar una actitud
formidable.
—¿Tú...,
has preparado esto, verdad...?
José
Santos se secaba la abrasada frente con un pañuelo. Su mano
temblaba
y sus labios sólo conseguían esbozar una sonrisa sumamente
tenue.
—Robbie
no estaba construido para un trabajo de ingeniería o
construcción
—prosiguió la señora Santos siguiendo sus ideas—. No podía
serles
de ninguna utilidad. Lo has hecho colocar aquí a fin de que Gloria
pudiese
encontrarlo. Ya lo sabes...
—Pues,
sí... —dijo José Santos—. Pero ¿cómo iba a saber yo que el encuentro
tenía
que ser tan violento? Y Robbie le ha salvado la vida; esto tienes que
reconocerlo.
¡No puedes volverlo a despedir!
La
señora Santos reflexionó. Se volvió hacia Gloria y Robbie y los contempló
pensativa
algún tiempo. Gloria había pasado sus brazos alrededor del
cuello
del robot y hubiera asfixiado a cualquiera que no hubiese sido de
metal,
mientras murmuraba palabras sin sentido con un frenesí casi
histérico
Los brazos de acero cromado de Robbie (capaces de convertir un anillo una barra
de acero de cinco centímetros de diámetro) abrazaban cariñosamente a la
chiquilla y sus ojos brillaban con un rojo intenso y profundo
—Bien
—dijo la señora Santos, finalmente—. ¡Por mí puede quedarse hasta que se oxide!
— ¿Te gustó? —preguntó,
mirando de un lado a otro y colocándose el bolso sobre su hombro izquierdo.
—Espero que si, ya tengo que bajar,
adiós—dijo con una sonrisa en sus labios.
Era la primera vez que se despedía, y
sentí que sería la última, pensé tal vez en pedirle mañana que me narrase una
nueva historia.
Pero pronto recordé que mañana
empezaba el feriado largo por iniciarse la pascua.
Sonreí, el lunes será, me dije...
quiero la continuación cuanto antes
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ResponderEliminarHola, lo prometido es deuda, espero estes bien, no he entrado al juego en tu nombre, no puedo hacerle eso a los mios, espero entiendas .El bloqueo no era necesario...como se dice por acá: "A buen entendedor pocas palabras"
ResponderEliminarDisfruta de la vida y sé feliz
Un abrazo
ICE-ANGEL
qien eres? not entiendo.
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