miércoles, 11 de junio de 2014

LA CHICA DE AL LADO

 


        DIA 1: MIS DUDAS, ELLA Y ROBBIE


El sol de las 17 horas incidía sobre mi rostro, un enorme destello perenne y cegador, un sol de una tarde de pre invierno, esos en los que las mañanas hacen que Lima sea un paraje helado, en los que las altas edificaciones se hacen inciertas a causa de la neblina.
El rugido incesante de mi estómago me saco del trance en el que me había sumido el efecto de ese sol moribundo sobre las cosas a mi alrededor, en algunas superficies reflejaba los rayos, en otros se apagaban. Mi mente rápidamente pensó en lo que encontraría en casa para saciar la necesidad física del que ahora era preso, pensaba en el frio almuerzo que no calentaría por desganas, algo de refresco en la refrigeradora, una que otra fruta lista para ser devorada vorazmente y tal vez algún ocasional postre…
-Pasaje pasaje- se escuchó vagamente entre mis alucinaciones famélicas.
-Las liseras- dije, depositando 2 monedas en la mano de aquel hombre.
Ver ese boleto color naranja escrito ADULTO en su cara y recordar una vez más que por el momento sería un adulto en vez de tener mi boleto morado de medio pasaje me provocaba un sensación vacía de esa rutina tan acostumbrada, además de recordar que era la segunda vez que robaban mis documentos.
La gente subía y bajaba y como de costumbre no solía fijarme en los rostros de aquella gente fugaz, recuerdo que en una ocasión una compañera de colegio se sentó a mi lado y no supe de su identidad sino hasta el momento de pedirle permiso para poder bajar, aun así no me hubiera percatado que la conocía si ella no se hubiera parado junto a mí y con voz rígida y directa se hubiera despedido de mi.
Tal vez por este tipo de incidentes los pocos que me conocen me califican con ese término, “sobrado”, mi respuesta a tal acusación siempre es la misma: “no ando fijándome en los rostros de cada persona que sube o baja para cerciorarme si lo conozco o no”
Trataba de recordar en que otras situaciones más me había sucedido algo similar cuando sentí el vibrar de los vellos en mi brazo izquierdo, pensé que debía de estar tan distraído como para no darme cuenta que alguien se había sentado a mi lado, luego recordé que era común en mi.
Utilice el campo visual que me permitían mis ojos sin dejar de mirar al frente para percatarme que era una joven la que estaba a mi lado, rápidamente pude calcular su edad, era bueno para identificar la edad de las mujeres sin verles el rostro, las manos de las mujeres revelan muchas cosas de ella, pensaba. En este caso fue así, tenía las manos más perfectas y estilizadas que había observado en mis años de vida, dedos delgados y moderadamente largos, uñas cortas perfectamente cortadas, piel clara, tenía poblado los nudillos con vellos muy delgados, que continuaban por la superficie de sus manos hasta combinar con los de sus brazos que a los rayos del sol que entraban por el ventanal diagonalmente parecían más castaños y brillantes aunque eran negros, por esto deduje que el color de sus cabellos era negro.
Pronto mis pensamientos famélicos fueron reemplazados, imaginaba como sería el rostro de aquella joven de hermosas manos, piel clara y finos vellos oscuros. Lo más obvio era girar la cabeza y verla, pronto esa opción fue descartada totalmente, no podía hacer eso, que haría si ella también me mirase, no sabría cómo reaccionar a aquel momento en que sorprendiera viéndola, no me aventuraría a girar la cabeza indiscriminadamente, entonces que podría hacer? Mi campo visual solo alcanzaba para ver sus brazos, pronto su rostro era para mí un misterio que debía resolver lo más pronto posible, decenas de rostros imagine para aquella joven, todos mis planes para conocer su identidad sin que se de ella cuenta pronto fracasaban antes de ejecutarse, solo quedaba un opción, tenía que hablarle.
Pensé pronto en cómo podría empezar una conversación sin que pareciese un ataque hacia ella, además de sus posibles respuestas ante tan inesperado abordaje por parte mía, para empezar tenía que decir palabras coherentes, tal vez si le preguntase la hora, hubiera sido perfecto si no hubiera tenido un reloj en mi muñeca, las ideas no eran tan fluidas como el amazonas en temporada de lluvias, eran mas bien como el Rímac en invierno.
De pronto noté movimiento, era ella, introdujo una de sus manos en su bolso y extrajo un teléfono móvil, de reojo pude ver que era uno táctil, era uno de aquellos modelos que acababan de salir al mercado, de pronto mi mente dejó de maquinar.
—Señorita debería de guardar su teléfono—dije secamente.
Al terminar de proferir esto mi mente volvió a perderse entre pensamientos de duda pero fue temporal, pensaba ahora si respondería, tal vez no. No respondió pero sentí que volteó hacia mi, sentí su mirada puesta en mi, yo solo atinaba a tener la mirada puesta al frente, incólume, esos segundo me parecieron horas de angustia en los que sentí que mis orejas se hervían. Advertí en un momento que dejo de mirarme, enderezó su mirada y con un movimiento lento volvió a introducir una de sus manos con su teléfono para luego volver a retirarla limpia, me había hecho caso, esperaba tal vez un gracias susurrado, pero no escuche nada en los segundos siguientes.
Cerré los ojos para hacer el momento menos incómodo, tal vez para huir del momento tan embarazoso y poder perderme en la ceguera interna, quería estar en otro lado, cualquiera sería mejor que este asiento en este bus.
De entre a oscuridad tenue por causa de mis parpados cerrados escuche una voz firme y fina, las palabras entraron en mi y tardaron en decodificarse.
—Es gracioso, ya perdí un teléfono en esta situación y aun no escarmiento—dijo.
Al escuchar esto liberé a mis ojos de la penumbra en la que me encontraba e instintivamente voltee la mirada hacia ella, me sonreía, sentí ruborizarme, me estaba mirando, no sabía cómo debía de responder a aquella mirada tan penetrante que tenía, sus ojos entrecerrados y esa risita que mostraban sus labios, su tez era clara, no demasiado, lo suficiente como no considerarla descendiente de anglosajones paliduchos.
Ahora era yo el que estaba obligado a responder algo, es difícil decir algo cuando se olvida que idioma se habla, mi cerebro aun no supera situaciones como esta. Su respuesta me tomo por sorpresa, aunque no debía de ser así, ya que si le hablé era esperable que respondiese. Solo atiné a inclinar mi cabeza hacia mis rodillas y sonreír, hace mucho que no lo hacía francamente.
Trate de ser coherente con la respuesta que sentí estaba obligado a dar.
—Yo ya perdí la cuenta de cuantas veces me ha sucedido—dije al fin.
—Y tú en que vez escarmentaste? —respondió rápidamente.
—No en la primera—dije también rápidamente.
—Y ahora te la pasas advirtiendo a otros para que escarmienten más pronto que tú?—inquirió.
Me tomé un momento para responder pero finalmente:
—Solo a personas que portan teléfonos que si fueran míos me dolería perderlos tan repentinamente—
—Respuesta perfectamente argumentada—dijo
—Por cierto mi nombre es…—
Antes de terminar vi venir su mano que terminó posándose sobre mis labios y frustró mi intento por presentarme. Su mano estaba tibia, era tan suave y despedía un vago olor agradable, de alguna crema imaginé.
Luego de un instante retiro rápidamente su mano.
—Lo siento, no debo saber tu nombre—dijo, con un semblante triste.
Quería preguntarle el porqué de su actuar pero decidí solo responder con una pregunta
—Supongo que yo tampoco debo saber el tuyo, no es así? —
—Si, gracias por no preguntar por qué—dijo, con el semblante restablecido.
Sonrió luego de esto, le correspondí también con una sonrisa. Una frenada intempestiva nos sacudió, al parecer un taxi invadió el carril en el que estábamos por querer adelantarse.
—Esos dementes al volante uno de estos días hará que nos matemos—dijo con las cejas fruncidas.
Noté que su bolso había terminado bajo los asientos delanteros, rápidamente atiné a recogerlos, algunas de sus pertenencias yacían regadas en el piso, los recogí y guarde dentro de aquel bolso multicolor entre ellos un libro rojo que en su portada tenía la foto de un robot que al parecer dormía. Le alcancé su bolso pero me quedé con el peculiar libro.
— ¿Asi que te gusta leer libros de ciencia ficción? —pregunté con notoria curiosidad.
— ¿Eso es lo que parece no?—dijo
—No recuerdo haber escuchado de tal autor—dije en tono dubitativo. — ¿Es del género robots no es así? —
—Es uno de los más grandes referentes en el género. Si, gran parte de su producción está centrada en ese tema—contestó.
—Puedo preguntarte donde es que bajarás? —inquirí.
—Ya lo hiciste—dijo sarcásticamente. —Bajo en Rukia. ¿Y tú?—
—Cuatro paraderos antes que yo, vivimos algo lejos del centro, tenemos aún media hora de viaje por delante—dije
—Resumiendo, en Las Liseras—dijo. —Si, aun media hora, por que tantas preguntas eh?—preguntó disgustada.
—Pues si es como supongo, este no es el primer libro de ese autor que has leído, o yerro?—
Dije con una nota de altivez.
—Pues si, supones bien, y eso que?—preguntó mirándome a los ojos.
—Esperaba que me pudieras relatar uno de ellos, en lo que falta del trayecto—respondí.
— ¿Y por qué supones que accederé a hacerlo?—pregunto sarcásticamente.
—Porque de no hacerlo no tendremos de que hablar en lo que falta del viaje—dije mirándola.
Era extraño cuán rápido perdí ese temor de mirarla directamente a los ojos, hace apenas unos minutos sentía morirme cuando puso sus ojos en mi y ahora lo hago como si mirara tras un cristal buscando que hay tras este.
—Y eso será incomodo, entiendo—asintió. —Tú ganas, hay uno corto que me agradó mucho—dijo serenamente.
— ¿Cómo se titula?—inquirí con gran curiosidad.
—Este relato se titula Robbie—respondió con una risa dibujada en sus labios y empezó contando.




—Noventa y ocho... noventa y nueve... ¡cien! —Gloria retiró su
antebrazo de delante de los ojos y permaneció un momento parpadeando
al sol. Después, tratando de mirar en todas direcciones a la vez, avanzó
cautelosamente algunos pasos, apartándose del árbol contra el que se
apoyaba.
Estiró el cuello, estudiando las posibilidades de unos matorrales que había
a la derecha y se alejó unos pasos para tener mejor punto de vista
La calma era absoluta, a excepción del zumbido de los insectos y el
trinar de algún pájaro que afrontaba el sol de mediodía.
—Apostaría a que se ha metido en casa, y le he dicho mil veces que esto no se vale— se quejó.
Avanzando se dirigió decididamente hacia el edificio de dos pisos del otro lado del camino.
Demasiado tarde oyó un crujido detrás de ella, seguido del claro “clump-clump” de los pies metálicos de Robbie. Se volvió rápidamente para ver a su triunfante compañero salir de su escondrijo y echó a correr hacia el árbol a toda velocidad. Gloria chilló, desalentada.
— ¡Espera, Robbie! ¡Esto no se vale, Robbie! ¡Prometiste no salir hasta que te hubiese encontrado!—Sus diminutos pies no podían seguir las gigantescas zancadas de Robbie.
Entonces, a tres metros de la meta, el
Paso de Robbie se redujo a un mero arrastrarse y Gloria, haciendo un esfuerzo final por alcanzarlo, echó a correr jadeante y llegó a tocar la corteza del árbol primera.
Orgullosa, se volvió hacia el leal Robbie y con ingratitud, le
recompensó su sacrificio burlándose de su incapacidad para correr.
—¡Robbie no puede correr! —gritaba con toda la fuerza de su voz de ocho años—. ¡Le gano cada día! ¡Le gano cada día! —cantaban las palabras


    con un ritmo infantil.
Robbie no contestó, desde luego... con palabras. Echó a correr,
esquivando a Gloria cuando la niña estaba a punto de alcanzarlo,
obligándola a describir círculos que iban estrechándose, con los brazos
extendidos azotando el aire.
—¡Robbie... estate quieto! —gritaba. Y su risa salía estridente,
acompañando las palabras.
Hasta que Robbie se volvió súbitamente y la agarró, haciéndole dar
vueltas en el aire, de manera que durante un momento para ella el
universo fue un vacío azulado y los verdes árboles que se elevaban del
suelo hacia el cielo. Y después se encontró de nuevo sobre la
hierba, al lado de la pierna de Robbie y agarrada todavía a un duro dedo
de metal.
Al poco rato recobró la respiración. Trató inútilmente de arreglar su
alborotado cabello con un gesto de vaga imitación de su madre y miró si
su vestido se había desgarrado.
Golpeó con la mano la espalda de Robbie.
—¡Mal muchacho! ¡Malo, malo!¡Te pegaré!—grito súbitamente.
Y Robbie se inclinaba, cubriéndose el rostro con las manos,
de manera que ella tuvo que añadir:
—¡No, no, Robbie! ¡No te pegaré! Pero ahora
me toca a mí esconderme,
porque tienes las piernas más largas y me prometiste no correr hasta que
te encontrase.
Robbie asintió con la cabeza y obedientemente se puso de
cara al árbol. Una delgada película de metal bajó sobre sus ojos
relucientes y del interior de su cuerpo salió un acompasado tic-tac.
—Y ahora no mires, ni te saltes ningún número —le advirtió Gloria,
mientras corría a esconderse.
Con invariable regularidad fueron transcurriendo los segundos, y al llegar
a cien se levantaron los párpados y los ojos colorados de Robbie
inspeccionaron los alrededores. Al instante se fijaron en un trozo de tela
de color que salía de detrás de una roca. Avanzó algunos pasos y se
convenció de que era Gloria.
Lentamente, manteniéndose entre Gloria y el árbol-meta, avanzó hacia el
escondrijo, y, cuando Gloria estuvo plenamente a la vista y no pudo
dudar de haber sido descubierta, tendió un brazo hacia ella, y se golpeó
con el otro la pierna, produciendo un ruido metálico. Gloria salió,
contrariada.
—¡Has mirado! —exclamó con neta deslealtad—. Además, estoy cansada
de jugar al escondite. Quiero que me lleves a paseo.
Pero Robbie estaba ofendido de la injusta acusación, y, sentándose
cautelosamente, movió la cabeza contrariado de un lado a otro.
Gloria cambió de tono, adoptando una gentil zalamería.
—Vamos, Robbie, no lo he dicho en serio, que mirases. Llévame a paseo.
Pero Robbie no era tan fácil de conquistar. Miró fijamente al cielo y siguió


moviendo negativamente la cabeza, obstinado.
—¡Por favor, Robbie, llévame a paseo! —Rodeó su cuello con sus rosados
brazos y estrechó su presa. Después cambiando repentinamente de
humor, se apartó de él—. Si no me das un paseo, voy a llorar. —Y su
rostro hizo una mueca, dispuesta a cumplir su amenaza.
El endurecido Robbie no hizo caso de la terrible posibilidad, y siguió
moviendo la cabeza por tercera vez.
Gloria consideró necesario jugar su última carta.
—Si no me llevas —exclamó amenazadora— no te contaré más historias ¡Ni una más!
Ante este ultimátum, Robbie se rindió sin condiciones y movió
afirmativamente la cabeza, haciendo resonar su cuello de metal.
Levantó cuidadosamente a la chiquilla y la sentó en sus anchos hombros.
Las amenazadoras lágrimas de Gloria se secaron en el acto y se echó a
reír con deleite. La piel metálica de Robbie, mantenida a una temperatura
constante gracias a las resistencias interiores, era suave y agradable, y el
ruido metálico que ella producía al golpear el cuerpo con sus tacones daba
mayor encanto a la situación.
—Eres un caza del aire, Robbie, eres un gran caza de plata del aire.
Tiende los brazos. ¡Tienes que tenderlos, Robbie, si quieres ser un caza
del aire!
Ante aquella lógica irrefutable los brazos de Robbie se convirtieron en
alas, que cogían las corrientes de aire, y fue un caza aéreo.
Gloria se agarraba a la cabeza del robot, inclinándose hacia la derecha.
Entonces dotó a la nave de un motor que hacía "Brrrr", y de armas que
producían sonidos onomatopéyicos de disparos. Daba caza a los piratas y
las baterías de la nave entraban en acción.
—¡Hemos matado a otro! ¡Dos más!... —gritaba—. ¡Más aprisa, hombre!
¡Nos quedamos sin municiones!
Apuntaba por encima de su hombro con indomable valor, y Robbie era
una achatada nave del espacio que zumbaba a través de la bóveda
celeste con la máxima aceleración.
Cruzó corriendo el campo hacia la alta hierba, y se detuvo con una
rapidez que arrancó un grito a su sonrojada amazona y la dejó caer
suavemente sobre la blanda alfombra verde. Gloria se reía y jadeaba,
lanzando intermitentes exclamaciones.
—¡Oh, qué bueno!...
Robbie esperó a que recobrase la respiración y entonces le tiró
suavemente de un mechón de pelo.
—¿Quieres algo? —dijo Gloria con una expresión de inocencia en los
ojos, que no consiguió engañar ni por un instante a su voluminosa
"niñera". Robbie le tiró del pelo con más fuerza.
—¡Ah, ya sé!... Quieres una historia. Robbie asintió rápidamente. —¿Cuál?
Robbie describió un semicírculo en el aire con un dedo. —¿"Otra vez"? —
protestó la chiquilla—. Te he explicado la Cenicienta un
millón de veces. ¿No estás cansado de ella? ¡Es para niños! Bien, bien —
añadió, viendo a Robbie describir otro semicírculo.


Gloria reflexionó, evocó en su memoria el recuerdo del cuento (con sus
modificaciones propias, que eran varias) y empezó:
—¿Estás a punto? Bien, pues había una vez una bella muchacha que se
llamaba Ella. Y tenía una cruel madrastra y dos hermanastras muy feas y
muy malas y...
Gloria había llegado al momento crítico del cuento: "Daba medianoche en
el reloj y sus andrajos se convertían..."; y Robbie escuchaba
atentamente, con los ojos ardientes, cuando vino la interrupción.
—¡Gloria!
Era la voz aguda de una mujer que había llamado no una, sino varias
veces; y tenía el tono nervioso de aquel a quien la ansiedad convierte en
impaciencia.
—Mamá me llama —dijo Gloria, contrariada—. Será mejor que me lleves a
casa, Robbie.
Robbie obedeció apresuradamente, porque sabía que más valía cumplir
las órdenes del señora Santos sin la menor vacilación. El padre de Gloria
estaba raramente en casa durante el día, a excepción de los domingos
-hoy, por ejemplo-, y cuando esto ocurría, se mostraba el hombre más
afable y comprensivo. La madre de Gloria, en cambio, era una fuente de
sinsabores para Robbie, que sentía siempre el deseo de alejarse de su
presencia.
La señora Santos los vio en el momento en que aparecían por encima de los
altos tallos de la vegetación, y volvió a entrar en la casa a esperarlos.
—Te he llamado hasta quedarme ronca, Gloria —dijo severamente—.
¿Dónde estabas?
—Estaba con Robbie —balbució Gloria—. Le estaba contando la Cenicienta
y he olvidado que era hora de comer.
—Pues es una lástima que Robbie lo haya olvidado también. —Y como si
de repente recordase la presencia del robot, se volvió rápidamente hacia
él— . Puedes marcharte, Robbie. No te necesita ya. Y no vuelvas hasta
que te llame —añadió secamente.
Robbie dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo al oír a Gloria salir
en su defensa.
—¡Espera, mamá! Tienes que dejar que se quede: No he acabado de
contarle la Cenicienta. Le he prometido contarle la Cenicienta y no he
terminado.
—¡Gloria!
—De verdad, mamá. Se estará tan quieto que no te darás siquiera cuenta
de que está aquí. Puede sentarse en la silla del rincón, y no dirá ni una
palabra...; bueno, no hará nada, quiero decir. ¿Verdad, Robbie?
Robbie, así interpelado, movió de arriba abajo su pesada cabeza.
—Gloria, si no dejas esto inmediatamente, no verás a Robbie en una
semana.
La chiquilla bajó los ojos.
—Bueno..., pero la Cenicienta es su cuento favorito y no lo había
terminado... ¡Y le gusta tanto!
El robot salió de la habitación con paso vacilante y Gloria ahogó un


sollozo.
José Santos se encontraba a gusto... Tenía la inveterada costumbre de
pasar las tardes de los domingos a gusto. Una buena digestión de la
sabrosa comida; una vieja y muelle "chaise longue" para tumbarse; un
número del "Times"; las zapatillas en los pies, el torso sin camisa...
¿Cómo podía uno no encontrarse a gusto? No experimentó ningún placer,
por lo tanto, cuando vio entrar a su esposa. Después de diez años de
matrimonio era todavía lo suficientemente estúpido para seguir
enamorado de ella, y tenía siempre mucho gusto en verla; pero las tardes
de los domingos eran sagradas y su concepto de la verdadera comodidad
era poder pasar tres o cuatro horas solo. Por consiguiente, concentró su
atención en las últimas noticias de la expedición Lefebre-Yoshida a Marte
(tenía que salir de la Base Luna y podía incluso tener éxito) y fingió no
verla.
La señora Santos esperó pacientemente dos minutos, después, impaciente,
dos más, y finalmente rompió el silencio.
—José... —¿Ejem? —¡He dicho José! ¿Quieres dejar este periódico y
mirarme? El periódico cayó al suelo, crujiendo, y José volvió el rostro
contrariado hacia su mujer. —¿Qué ocurre, querida? —Ya sabes lo que
ocurre. Es Gloria y esta terrible máquina. —¿Qué terrible máquina?
—No finjas no saber de lo que hablo. El robot, al cual Gloria llama Robbie.
No se aparta de ella ni un instante.
—¿Y por qué quieres que se aparte? Es su deber... Y en todo caso, no es
ninguna terrible máquina. Es el mejor robot que se puede comprar con
dinero y estoy seguro de que me hace economizar medio año de renta. Es
más inteligente que muchos de mis empleados.
Hizo ademán de volver a tomar el periódico, pero su mujer fue más
rápida que él y se lo arrebató.
—Vas a escucharme, José. No quiero ver a mi hija confiada a una
máquina, por inteligente que sea. No tiene alma y nadie sabe lo que es
capaz de pensar. Una chiquilla no está hecha para ser guardada por una
"cosa" de metal.
—¿Y cuándo has tomado esta decisión? —preguntó la señora Santos frunciendo
el ceño—. Ya lleva con Gloria dos años y no he visto que te preocupases
hasta ahora.
—Al principio era diferente. Era una novedad, me quitó un peso de
encima y era una cosa elegante. Pero ahora, no sé... los vecinos...
—¿Y qué tienen que ver los vecinos con esto? Mira, un robot es
muchísimo más digno de confianza que una nodriza humana. Robbie fue
construido en realidad con un solo propósito: ser el compañero de un
chiquillo. Su "mentalidad" entera ha sido creada con este propósito. Tiene
forzosamente que querer y ser fiel a esta criatura. Es una máquina,
"hecha así". Es más de lo que puede decirse de los humanos.
—Pero puede ocurrir algo. Puede... puede —La señora Santos tenía unas ideas
muy vagas del contenido interior de un robot—, no sé, si algo de dentro
se estropease y...
No podía decidirse a completar su claro y espantoso pensamiento.


—Tonterías... —negó don José con un involuntario estremecimiento
nervioso—. Es completamente ridículo. Cuando compré a Robbie tuvimos
una larga discusión acerca de la Primera Regla Robótica. Ya sabes que un
robot no puede dañar a un ser humano; que mucho antes de que algo
pudiese alterar esta Primera Regla, el robot quedaría completamente
inutilizado. Es una imposibilidad matemática. Además, dos veces al año
viene un ingeniero de la U.S. Robots a hacer una revisión completa del
mecanismo. Hay menos probabilidades de que se estropee algo en
Robbie, de que uno de nosotros se vuelva repentinamente loco;
considerablemente menos. Además, ¿cómo se lo vas a quitar a Gloria?
Hizo una nueva e infructuosa tentativa de tomar el periódico y su mujer lo
arrojó con rabia a la habitación contigua.
—Ahí está la cosa,querido. No quiere jugar con nadie más. Hay por aquí
docenas de niños y niñas con quienes podría trabar amistad, pero no
quiere. No quiere ni acercarse a ellos, a menos que yo la obligue. Es
imposible que se críe así. Querrás que sea una niña normal, ¿verdad?
Querrás que sea capaz de ocupar su sitio en la sociedad... supongo.
—Estás luchando contra las sombras, querida. Imagínate que Robbie es un
perro. He visto centenares de chiquillos que querían más a su perro que a
su padre.
—Un perro es diferente, José. Tenemos que librarnos de este terrible
instrumento. Puedes volverlo a vender a la compañía. Lo he preguntado y
es posible.
—¿Que lo has... "preguntado"? Mira, querida, escucha, no nos apartemos
de la cuestión. Vamos a conservar el robot hasta que Gloria sea mayor, y
no se hable más de este enojoso asunto.
Y con estas palabras, salió de la habitación dando un bufido.
Dos días después, la señora Santos encontró a su marido en la puerta.
—Tienes que escuchar una cosa, José. Hay mala voluntad por el
pueblo.
—¿Acerca de qué? —preguntó don José entrando en el cuarto de baño
y ahogando la posible respuesta con el ruido del agua.
La señora Santos esperó a que cesara. Después dijo: —Acerca de Robbie.
Don José avanzó un paso con la toalla en la mano, el rostro colorado y
colérico. —¿Qué diablos estás diciendo? —La cosa se ha ido formando y
formando... He tratado de cerrar los
ojos y no verlo, pero no puedo más. Todo el pueblo considera a Robbie
peligroso. No dejan acercarse aquí a los chiquillos.
—Nosotros le confiamos nuestra hija. —La gente no razona, ante estas
cosas. —¡Pues que se vayan al diablo! —Decir esto no resuelve el
problema. Yo tengo que comprar allí. Tengo
que ver a los vecinos cada día. Y estos días es peor cuando se habla de
robots. Nueva York acaba de dictar la orden prohibiendo que los robots
salgan a la calle entre la puesta y la salida del sol.
—Muy bien, pero no pueden impedirnos tener un robot en nuestra casa,
querida. Esto es una de tus campañas. La conozco. Pero la respuesta es la
misma. ¡No! Seguiremos teniendo a Robbie.


Y no obstante, quería a su mujer; y, lo que era peor aún, su mujer lo
sabía. José Santos, al fin y al cabo, no era más que un hombre, ¡el
pobre!, y su mujer echaba mano de todos los artilugios que el sexo más
torpe y escrupuloso ha aprendido, con razón e inútilmente, a temer.
Diez veces durante la semana que siguió, tuvo ocasión de gritar: "¡Robbie
se queda... y se acabó!", y cada vez lo decía con menos fuerza y
acompañado de un gruñido más plañidero.
Llegó finalmente el día en que don José se acercó tímidamente a su hija y
le propuso acudir a un espectáculo de impresiones en el pueblo.
—¿Puede venir Robbie?
—No, querida —dijo él estremeciéndose al sonido de su voz—, no admiten
robots en el espectáculo, pero podrás contárselo todo cuando volvamos a casa.
—Dijo las últimas palabras balbuceando y miró a lo lejos.
Gloria regresó del pueblo hirviendo de entusiasmo, porque el la funcion era
realmente un espectáculo magnífico.
Esperó a que su padre metiese el coche a reacción en el garaje
subterráneo y dijo:
—Espera que se lo cuente a Robbie, papá. Le hubiera gustado mucho.
Especialmente cuando Francis Fran retrocedía tan sigilosamente y tropezó
con uno de los Hombres-Leopardo y tuvo que huir. —Se rió de nuevo—.
Papá, ¿hay verdaderamente hombres-leopardo en la Luna?
—Probablemente, no —dijo don José distraído—. Es sólo fantasía.
No podía entretenerse ya mucho con el coche. Tenía que afrontar la
situación. Gloria echó a correr por el césped.
—¡Robbie! ¡Robbie!
De repente se detuvo al ver un magnífico perro de pastor que la miraba
con ojos dulces, moviendo la cola.
—¡Oh, que perro más bonito! —dijo Gloria subiendo los escalones del
porche y acariciándolo cautelosamente—. ¿Es para mí, papá?
—Sí, es para ti, Gloria —dijo su madre, que acababa de aparecer junto a
ellos—. Es muy bonito, y muy bueno. Le gustan las niñas.
—¿Y sabe jugar? —¡Claro! Sabe hacer la mar de trucos. ¿Quieres ver
algunos? —En seguida. Quiero que lo vea Robbie también. ¡"Robbie"!... —
Se detuvo, vacilante, y frunció el ceño— Apostaría a que se ha encerrado en
su cuarto, enojado conmigo porque no le he llevado al ver el espectáculo. Tendrás
que explicárselo, papá. A mí quizá no me creería, pero si se lo dices tú
sabrá que es verdad.
Don José se mordió los labios. Miró a su mujer, pero ella apartaba la vista.
Gloria dio rápidamente la vuelta y bajó los escalones del sótano al
tiempo que gritaba: —¡Robbie..., ven a ver lo que me han traído papá y
mamá! ¡Me han
comprado un perro, Robbie! Al cabo de un instante, había regresado asustada.
—Mamá, Robbie no está en su habitación. ¿Dónde está? —



—Aquí me tengo que bajar—dijo mirándome, interrumpiendo el relato y sacándome del letargo en el que me encontraba por aquella voz hipnotizante.
El cobrador anunciaba a gran voz el paradero próximo para cerciorarse si alguien bajaría en aquel.
—Baja—dijo ella.
— ¿Te volveré a ver? —me apresuré a preguntar.
—Solo si subes en el bus en el que yo, acostumbro abordarlos a la misma hora y en el mismo lugar—respondió mientras se preparaba para bajar.




 DIA 2: ANGUSTIA Y DESENLACE


Mientras me dirigía al paradero hice unos cuantos cálculos, sumando y restando minutos pude resolver en que paradero abordó el bus, también hice unos cálculos de la hora aproximada en que abordó el bus el día anterior, aún faltaba 40 minutos para que aborde el bus a la misma hora que ayer, esa hora era la única clara que recordaba, tenía que considerar todas la posibles situaciones que puedan ocurrir. Si el  bus tardaría unos minutos más o minutos menos en hacer el mismo recorrido hasta el paradero donde ella esperaba, tenía que estar en ese paradero a esa hora que ella abordó.

Mis angustias empezaron, tal vez jamás la vuelva a ver, quizá aborde un bus antes que el mío, o peor uno después del mío. En un momento pensé que sería mejor que la esperara en ese paradero y que los dos abordemos el bus, pero pronto descarte esa idea, el destino fue el que nos juntó y si quiere volver a juntarnos lo hará.
Ya casi se había cumplido el tiempo, 35 minutos habían transcurrido, el siguiente bus seria el elegido, espere 3 minutos más antes que apareciese “el rojo”.
A esa hora no habían mucha afluencia de público, habían unos cuantos asientos juntos vacíos, me senté junto al pasillo para evitar que alguien se sentara junto a mi.
Las dudas hacían de mi estragos, sentí que el bus estaba demorando más de lo que debía en llegar a aquel paradero esperado donde subiría ella si era el tiempo correcto, el reloj me tranquilizó, era la hora que generalmente le toma llegar al paradero Primavera uno antes del que creo que ella abordó.
Preferí cerrar los ojos, era mejor que ver el paradero sin ella esperando en el. Sentí la desaceleración del bus y luego se puso en marcha nuevamente, el destino tenía ahora el control.
—Permiso por favor—dijeron.
Me sentí obligado a volver a ver al sentir que tocaban mi hombro, lo hice rápidamente para dar paso.
— ¿Sueles cerrar los ojos mientras te golpeas una pierna? — Era ella, con esa última pregunta recordé su tono de voz.
— ¿Y bien? ¿Me dejaras parada aquí hasta que baje o te moverás?—dijo algo divertida.
Rápidamente tomé mi lugar y ella el suyo, esta vez traía el cabello recogido con una cinta violeta.

—Parece que calculaste muy bien el tiempo—dijo mientras acomodaba su bolso sobre sus piernas.
—Eso parece—dije, sonriendo.
Respondió a mi sonrisa con la suya propia.
—Ayer te fuiste cuando la historia se ponía interesante—mascullé.
—Es mi parte favorita, “el nudo”—dijo, ensalzando la última palabra.
— ¿Continuamos entonces?—pregunté amablemente.
Extrañaba el sonido de su voz y la fluidez que tomaba esta cuando relataba.
—Continuamos—dijo, dando un respiro significativo.




No hubo respuesta; José Santos tosió y se sintió repentinamente interesado
por una nube que iba avanzando perezosamente por el cielo. La voz de


Gloria estaba preñada de lágrimas—. ¿Dónde está Robbie, mamá?
La señora Santos se sentó y atrajo suavemente a su hija hacia ella. —No te
importe, Gloria. Robbie se ha marchado, me parece. — ¿Marchado?...
¿Adónde? ¿Adónde se ha marchado, mamá? —Nadie lo sabe, hijita. Se ha
marchado. Lo hemos buscado y buscado
por todas partes, pero no lo encontramos. —¿Quieres decir que no va a
volver nunca más? —sus ojos se
redondeaban por el horror. —Quizá lo encontraremos pronto. Seguiremos
buscándolo. Y entretanto
puedes jugar con el perrito. ¡Míralo! Se llama "Relámpago" y sabe... Pero
Gloria tenía los párpados bañados en lágrimas. — ¡No quiero el perro feo!
¡Quiero a Robbie! ¡Quiero que me encuentres a Robbie! Su desconsuelo era demasiado hondo para expresarlo con palabras, y prorrumpió en un ruidoso llanto. La señora Santos pidió auxilio a su marido con la mirada, pero él seguía balanceando rítmicamente los pies y no apartaba su ardiente mirada del
cielo, de manera que tuvo que inclinarse para consolar a su hija.
— ¿Por qué lloras, Gloria? Robbie no era más que una máquina, una
máquina fea... No tenía vida.
— ¡No era una máquina! —gritó Gloria con fuego—. Era una persona como
tú y como yo y además era mi amigo. ¡Quiero que vuelva! ¡Oh, mamá,
quiero que vuelva...!
La madre gimió, sintiéndose vencida, y dejó a Gloria con su dolor.
—Déjala que llore a su gusto —le dijo a su marido—; el dolor de los
chiquillos no es nunca duradero. Dentro de unos días habrá olvidado que
aquel espantoso robot haya existido.
Pero el tiempo demostró que la señora Santos había sido demasiado
optimista. Desde luego, Gloria dejó de llorar, pero dejó de sonreír y cada
día se mostraba más triste y silenciosa. Gradualmente, su actitud de
pasiva
infelicidad fue minando a la señora Santos y lo único que la retenía de ceder,
era su incapacidad de confesar la derrota a su marido.
Hasta que una noche, entró en el "living", se sentó y se cruzó de brazos,
desalentada. Su marido estiró el cuello para verla por encima del
periódico.
— ¿Qué te sucede querida?
—Es esta chiquilla, José. He tenido que devolver el perro hoy. Gloria
me dijo que no podía soportar verlo. Hará que tenga un ataque de
nervios.
Don José dejó el periódico a un lado y un destello de esperanza apareció en
sus ojos.
—Quizá..., quizá tendríamos que volver a pedir a Robbie. Es posible,
sabes... Puedo hablar con...
—¡No! —respondió ella secamente—. No quiero oír hablar de él. No vamos
a ceder tan fácilmente. Mi hija no tiene que ser criada por un robot,
aunque necesite años para quitárselo de la cabeza.


Don José volvió a tomar el periódico con aire decepcionado. —Un año así y
tendré el cabello prematuramente gris. —No eres de gran ayuda José.
—Fue la glacial contestación—. Lo que
Gloria necesita es un cambio de ambiente. Aquí no puede olvidar a
Robbie, desde luego. ¿Cómo puede olvidarlo si cada árbol y cada roca se
lo recuerda? Es realmente la situación más tonta de que he oído hablar.
¡Imagínate una criatura desfalleciendo por la pérdida de un robot!
—Bien, vamos al grano. ¿Cuál es el cambio de ambiente que planeas? —
Vamos a llevarla a Nueva York. — ¡En agosto! Oye, ¿sabes lo que
representa Nueva York en agosto? ¡Es
insoportable! —Hay millones que lo soportan. —No tienen un sitio como
éste donde estar. Si no tuviesen que
quedarse en Nueva York, no se quedarían. —Pues nosotros tendremos
que quedarnos también. Vamos a salir en
seguida, en cuanto hayamos hecho los preparativos. En Nueva York,
Gloria encontrará suficientes distracciones y suficientes amigos para
hacerle olvidar esta máquina.
— ¡Oh, Dios mío!... —gruñó el infeliz marido—. ¡Aquellos pavimentos
abrasadores!
—Tenemos que ir —fue la implacable respuesta—. Gloria ha perdido dos
kilos este mes y la salud de mi hijita es más importante para mí que tu
comodidad.
—Es una lástima que no hayas pensado en la salud de tu hijita antes de
privarla de su querido robot —murmuró él..., para sí mismo.
Gloria dio inmediatamente síntomas de mejoría en cuanto oyó hablar del
inminente viaje a la ciudad. Hablaba poco de él, pero cuando lo hacía era
siempre con vivo entusiasmo. Comenzó de nuevo a sonreír y a comer con
su precedente apetito.
La señora Santos no cabía en sí de júbilo y no perdía ocasión de demostrar su
triunfo sobre su todavía escéptico marido.
— ¿Lo ves, José? Ayuda a hacer el equipaje como un angelito y charla
como si no hubiese tenido un disgusto en su vida. Es lo que te dije, lo que
necesitaba era fijar su interés en otra cosa.
— ¡Ejem!... —respondió el marido, escéptico—. Esperemos que así sea.
Los preliminares se hicieron rápidamente. Se tomaron las disposiciones
para el alojamiento en la ciudad y un matrimonio quedó encargado del
cuidado de la casa de campo. Cuando finalmente llegó el día de la
marcha, Gloria había vuelto a ser la misma de antes y ni la menor alusión
de Robbie pasó por sus labios.
Con el mejor humor, la familia tomó un taxi hasta el aeropuerto
(Don José hubiera preferido ir en su auto, pero era sólo un dos plazas y
no había sitio para el equipaje) y entraron en el avión que esperaba para
salir.
—Ven, Gloria, te he reservado un sitio al lado de la ventana para que
veas el paisaje.
Gloria ocupó el sitio indicado, aplastó su naricilla contra el grueso vidrio y
miró con un interés que aumentó al comenzar a rugir los motores


Era demasiado pequeña para asustarse cuando la tierra empezó a alejarse a sus pies y sintió aumentar el doble de su peso. Sólo cuando la
tierra hubo cambiado de aspecto y se convirtió en una vasta manta de
cuadros de colores, apartó la nariz del vidrio y se volvió hacia su madre.
—¿Llegaremos pronto a la ciudad, mamá? —preguntó rascándose la nariz
helada y observando cómo se desvanecía la mancha opaca que su aliento
había dejado en la ventana.
—Dentro de media hora, hija mía. ¿No estás contenta de que vayamos?
—añadió con sólo un leve tono de ansiedad en la voz—. ¿No vas a ser
muy feliz en la ciudad, con los edificios y la gente y tantas cosas que ver?
Iremos al a aquel espectaculo que tanto te gusta cada día, y al teatro, y al circo y a la playa, y...
—Sí, mamá —fue la respuesta sin entusiasmo de la chiquilla. La nave
pasaba en aquel momento sobre un mar de nubes y Gloria quedó en el
acto absorbida en la contemplación de aquella masa que tenía a sus pies.
Después volvieron a encontrarse en medio de un cielo azul y se volvió
hacia su madre con un súbito aire misterioso de secreto.
—Ya sé por qué vamos a la ciudad, mamá. —¿Sí, hija mía? —dijo Mrs.
Weston intrigada—. ¿Y por qué? —No me lo has dicho porque querías
darme una sorpresa, pero lo sé. —
Quedó un momento sumida en la admiración de su aguda perspicacia y
después se echó a reír alegremente—. Vamos a Nueva York porque allí
podremos encontrar a Robbie, ¿no es verdad? Con detectives.
La suposición pilló al señor Santos en el momento de beber un vaso de
agua, con desastrosos resultados.
Hubo una especie de ronquido, un géiser de agua y una tos de alguien
que se ahoga. Cuando todo hubo terminado, ofreció el aspecto de una
persona profundamente contrariada, tenía el rostro colorado y estaba
mojado de pies a cabeza.
La señora Santos mantuvo su compostura, pero cuando Gloria hubo repetido
su pregunta con el ansia redoblada en la voz, su mal humor triunfó.
—Quizá —repitió secamente—. Y ahora siéntate y estate quieta, por el
amor de Dios.
Por orden estricta de su mujer, don José había tomado las disposiciones
necesarias para que sus negocios marchasen solos por algún tiempo, a fin
de estar libre y poder dedicar el tiempo a lo que él llamaba "salvar a
Gloria del borde del abismo". Como era costumbre en Weston, lo hizo de
aquella forma precisa, minuciosa y eficiente que era propia de él. Antes
de que hubiese transcurrido un mes, nada de lo que podía hacerse había
dejado de ser hecho.
Gloria fue llevada al último piso del hotel Roosevelt , que medía casi un
kilómetro de altura, y desde donde se gozaba del abigarrado panorama
de los edificios que se extendían hasta los campos de Long Island y las
tierras llanas de Nueva Jersey. Visitaron los jardines zoológicos, donde
Gloria contempló con emocionado temor un "verdadero león vivo" (con la


consiguiente decepción de ver que los guardianes lo alimentaban con
trozos de carne cruda y no con seres humanos, como ella esperaba), y
pidió con insistencia y de manera perentoria ver "la ballena".
Los diversos museos contribuyeron también a llamar su atención, así
como parques, playas y el acuario.
Llevaron a Gloria hasta medio curso del Hudson en un barco
especialmente decorado, que evocaba el arcaísmo de los años veinte.
Viajó por la estratosfera en una salida de exhibición y vio el cielo ponerse
de color de púrpura, las estrellas destacar en el firmamento y la Tierra
nebulosa tomar bajo ellos el aspecto de una gran taza cóncava. Una nave
submarina de paredes transparentes le hizo visitar las aguas de Long
Island y vio aquel mundo verde y tembloroso, y los monstruos marinos
acercarse a ella y huir después atemorizados.
En un terreno más prosaico, la señora Santos la llevó a los grandes
almacenes, donde pudo soñar de nuevo a su antojo.
En resumen, cuando el mes hubo casi transcurrido, los Santos estaban
convencidos de haber hecho cuanto era humanamente posible para
quitarle de la cabeza al desaparecido Robbie, pero no estaban muy
seguros de haberlo conseguido.
El hecho cierto era que dondequiera que llevasen a Gloria, desplegaba el
más vivo interés por todos los robots que se le ponían delante. Por muy
interesante que fuese el espectáculo a que asistía, por nuevo que fuese a
sus ojos infantiles, su mirada se fijaba implacablemente en cualquier
parte donde viese un movimiento metálico.
La situación alcanzó su apogeo con el episodio del Museo de Ciencia y de
Industria. El Museo había anunciado un "programa infantil" especial
donde tenían que hacerse demostraciones de magia científica reducidas a
la escala de la mentalidad infantil. Los Weston, desde luego, pusieron el
espectáculo en la lista de "indispensables".
Los Santos estaban completamente absorbidos por los experimentos de
un potente electroimán cuando la señora Santos se dio súbitamente cuenta de
que Gloria no estaba con ellos. El pánico inicial se convirtió en metódica
decisión y con la ayuda de tres empleados se comenzó una minuciosa
búsqueda.
Gloria, por su parte, no era de esas chiquillas que rondan al azar. Para su
edad, era inusitadamente decidida, saturada de idiosincrasia maternal, a
este respecto. En el tercer piso había visto un gran cartel con una flecha y
la indicación "Al Robot Parlante", y después de haberlo deletreado sola y
observando que sus padres no parecían decididos a avanzar en aquella
dirección, hizo lo que consideró indicado. Esperando un momento de
distracción paterna, dio media vuelta y siguió la flecha.
El Robot Parlante era verdaderamente un "tour de force"; pero un
artefacto totalmente inútil, sin más valor que el publicitario. Cada hora,
un grupo de visitantes escoltados por un empleado se detenía delante del
robot
y hacía preguntas al ingeniero encargado del robot, con discretos
susurros. Las que el ingeniero juzgaba aptas para ser contestadas por los


circuitos del robot, le eran transmitidas.
Era una tontería. Puede ser muy interesante saber que el cuadrado de
catorce es ciento noventa y seis, que la temperatura en este momento es
de 28o centígrados, que la presión del aire acusa 750 mm de mercurio, y
que el peso atómico del sodio es 23, pero para esto, en realidad, no se
necesita un robot. No se necesita, en especial, una enorme masa inmóvil
de alambres y espirales que ocupa veinticinco metros cuadrados.
Pocos eran los que hacían una segunda experiencia, pero una chiquilla de
unos diez años estaba tranquilamente sentada en un banco esperando la
tercera exhibición. Era la única persona que había en la sala cuando
Gloria entró, pero no la miró. Para ella, en aquel momento otro ser
humano era un ejemplar completamente despreciable. Consagraba su
atención a aquel objeto lleno de ruedas dentadas
De momento, vaciló con cierto desaliento. Aquello no se parecía a
ninguno de los robots que ella había visto. Cautelosamente, vacilando,
levantó su débil voz.
—Por favor, Mr. Robot, perdone, ¿es usted el Robot Parlante?
No estaba muy segura de ello, pero le parecía que un robot que hablaba
merecía toda clase de consideraciones
(Por el delgado rostro de la muchacha de diez años pasó una mirada de
intensa concentración. Sacó un carnet de notas del bolsillo y comenzó a
escribir rápidamente).
Se oyó un girar de mecanismos bien engrasados y una voz metálica lanzó
unas palabras que carecían de acento y entonación.
—Yo-soy-el-robot-parlante.
Gloria lo miró contrariada. "Hablaba", pero el sonido venía de dentro. No
había rostro al cual hablar.
—¿Puede usted ayudarme, Mr. robot? —dijo.
El Robot Parlante estaba construido para contestar preguntas, pero sólo
las preguntas que se podían hacer. Confiado en su capacidad, sin
embargo, respondió:
—Puedo-ayudarle. —Gracias, Mr. Robot. ¿Ha visto usted a Robbie? —
¿Quién-es-Robbie? —Un robot, Mr. Robot, señor —se puso de puntillas—.
Es así de alto,
pero más alto, y muy bueno. Tiene cabeza, sabe... Bueno, usted no tiene,
pero él sí. —¿Un robot?... —preguntó el Robot Parlante un poco perplejo.
—Sí, mister Robot. Un robot como usted, salvo que, naturalmente, no
sabe hablar y que..., parece una persona de veras. —¿Un-robot-como-yo?
—Sí, mister Robot. A lo cual el robot parlante sólo contestó con un ruido
de engranajes y
un sonido incoherente. Trató de ponerse lealmente a la altura de su
misión y se fundieron media docena de bobinas. Zumbaron algunas
señales de alarma.
(En aquel momento la muchacha de diez años se marchó. Tenía bastante
para su primer artículo sobre "Aspectos Prácticos del Robotismo". Era el
primero de los varios que tenía que escribir Susan Calvin sobre este
tema).


Gloria permanecía de pie con mal disimulada impaciencia, esperando la
respuesta del robot, cuando oyó un grito detrás de ella.
—¡Allí está! —Y en el acto reconoció la voz de su madre—. ¿Qué estás
haciendo aquí, mala muchacha? —exclamó, su ansiedad transformándose
en el acto en cólera—. ¿No sabes el miedo que has hecho pasar a papá y
mamá? ¿Por qué te has escapado?
El ingeniero del robot había aparecido también, mesándose los cabellos y
preguntando quién diablos había estropeado la máquina.
—¿Es que no saben ustedes leer? ¿No saben que no tienen derecho a
estar aquí sin ir acompañados?
Gloria levantó su ofendida voz.
—He venido sólo a ver el Robot Parlante, mamá. Pensé que quizá sabría
dónde estaba Robbie, puesto que los dos son robots. —Y al aparecer en
su mente el recuerdo de Robbie, estalló en una tempestad de lágrimas—.
¡Tengo que encontrar a Robbie, mamá, tengo que encontrarlo!
—¡Ah, Dios mío, esto es más de lo que soy capaz de soportar! — exclamó
La señora Santos ahogando un grito—. ¡Volvamos a casa, José!
Aquella tarde, don José se ausentó durante algunas horas y a la mañana
siguiente se acercó a su mujer en una actitud sospechosamente
complaciente.
—He tenido una idea, querida. —¿Sobre qué? —preguntó ella con soberana
indiferencia. —Sobre Gloria. —¿No vas a proponer devolverle el robot?
—No, desde luego que no.
—Entonces, sigue. No tengo inconveniente en escucharte. Nada de lo que
hemos hecho parece haber servido de nada.
—Muy bien. He aquí lo que he estado pensando. El gran mal de Gloria es
que piensa en Robbie como persona y no como máquina. Naturalmente,
no puede olvidarlo. Ahora bien, si conseguimos convencer a Gloria de que
su Robbie no era más que un amasijo de acero y cobre en forma de
planchas y que el jugo de su vida no era más que hilos y electricidad,
¿cuánto tiempo duraría su anhelo? Es la forma psicológica de ataque, si
entiendes lo que quiero decir.
—¿Y cómo pretendes conseguirlo?
—Simplemente, ¿dónde imaginas que fui, anoche? He persuadido a
Robertson, de la U. S. Robots & Mechanical Men Inc., que nos permita
realizar mañana una visita completa de sus talleres. Iremos los tres y una
vez hayamos terminado la visita, Gloria estará convencida de que un
robot no es una cosa viva.
Los ojos de la señora Santos habían ido agrandándose progresivamente,
delatando una súbita y profunda admiración.
—¡Pero... José..., esto es una excelente idea! Los botones de la
chaqueta de José Santos tiraron con fuerza. —Es de las que tengo
yo... —dijo.
Don Struthers era un director general concienzudo y naturalmente
inclinado a ser un poco locuaz. Esta combinación dio por resultado una
visita que fue totalmente, quizá con exceso, explicada en todas sus fases.
Sin embargo, la señora Santos no se aburría. Al contrario, más de una vez se


detuvo e insistió en que explicase detalladamente algo en un lenguaje
suficientemente claro para que Gloria lo entendiese. Bajo la influencia de
esta apreciación de sus facultades narrativas, don Struthers se sintió
comunicativo y se extendió con mayor genialidad todavía, si cabe.
Incluso George Weston demostraba una creciente impaciencia.
—Perdóneme, Struthers —dijo, interrumpiendo una conferencia sobre la
célula fotoeléctrica—; ¿no tienen ustedes una sección donde sólo se
emplee mano de obra robot?
—¡Oh, sí; sí, desde luego! —dijo sonriendo a la señora Santos—. Un círculo
vicioso, en cierto modo; robots creando robots. Desde luego, no hacemos
una práctica general de ello. En primer lugar, porque los sindicatos no nos
lo permitirían. Pero conseguimos poder utilizar algunos robots como mano
de obra robot, únicamente como una especie de experimento científico.
Comprenda... —prosiguió golpeándose la palma de la mano con sus lentes
para dar paso a su argumentación—, lo que los sindicatos no comprenden
-y lo dice un hombre que ha simpatizado siempre con la obra sindical en
general- es que el advenimiento del robot, aun cuando aportando al
empezar alguna dislocación en el trabajo, tendrá inevitablemente que...
—Si, Struthers —dijo Santos—, pero esta sección de que habla usted,
¿podemos verla? Debe de ser muy interesante, estoy seguro.
—¡Sí, sí, desde luego! —Don Struthers se puso los lentes con un
movimiento convulsivo y soltó una tosecita de desaliento. Síganme, por
favor.
Mientras siguieron un largo corredor y bajaron un tramo de escaleras,
Struthers, precediendo a los demás, estuvo relativamente tranquilo.
Después, una vez hubieron entrado en una vasta habitación intensamente
iluminada donde reinaba el zumbido de una mecánica actividad, se
abrieron las compuertas y desbordó el chorro de sus explicaciones.
—Aquí lo tiene usted —dijo con el orgullo impreso en su voz—. ¡Sólo
robots! Cinco hombres actúan como inspectores y no tienen siquiera que
estar en esta habitación. En cinco años, es decir, desde que inauguramos
este sistema, no ha ocurrido un solo accidente. Desde luego, los robots
aquí reunidos son relativamente sencillos, pero...
La voz del director general se había convertido hacía tiempo ya en un
murmullo tranquilizador a los oídos de Gloria. Toda aquella visita le
parecía aburrida e inútil, a pesar de que hubiese muchos robots a la vista.
Ninguno de ellos era ni remotamente como Robbie, y los contemplaba con
manifiesto desdén.
Vio que en aquella habitación no había ser viviente. Entonces sus ojos se
fijaron en seis o siete robots que trabajaban activamente en una mesa
redonda en el centro de la sala, y se apartaron con una sorpresa de
incredulidad. La sala era espaciosa. Gloria no podía verlo bien, pero uno
de los robots parecía... parecía... ¡"era"!
—¡Robbie! —El grito rasgó el aire y uno de los robots se estremeció y dejó
caer la herramienta que manejaba
Gloria estaba como loca de alegría.
Metiéndose por debajo de la barandilla antes de que sus padres pudiesen


impedirlo, saltó al suelo, situado algunos palmos más abajo y corrió hacia
Robbie, con los brazos abiertos y el cabello flotando.
Y en aquel momento, las tres personas mayores vieron horrorizadas, al
tiempo que quedaban paralizadas de espanto, lo que la chiquilla no vio:
un
enorme tractor que avanzaba a ciegas, siguiendo el camino que tenía
trazado.
José Santos necesitó una fracción de segundo para volver en sí, pero aquella
fracción de segundo lo representó todo porque Gloria ya no podía ser
salvada, todo era claramente inútil.
Struthers hizo una rápida seña a los inspectores para que detuviesen el tractor, pero los inspectores no eran más que seres humanos y
necesitaron tiempo para actuar.
Sólo fue Robbie quien actuó rápidamente y con precisión.
Devorando con sus piernas de metal el espacio que lo separaba de su
amita, se lanzó hacia ella viniendo de la dirección opuesta. Todo ocurrió
en un instante. Extendiendo el brazo, Robbie agarró a Gloria sin moderar
su marcha en lo más mínimo y dejándola, por consiguiente, sin aire en los
pulmones. José Santos, sin comprender muy bien lo que ocurría, sintió, más
que vio, a Robbie pasar por su lado como un alud y detenerse en seco. El tractor cortó el camino donde había estado Gloria, medio segundo después de que Robbie la hubo arrastrado tres metros, y se detuvo con
un chirrido metálico y prolongado.
Gloria recobró el aliento, fue sometida a una serie de apasionados
abrazos y caricias por parte de sus padres y se volvió emocionada hacia
Robbie. Para ella no había ocurrido nada, salvo que había encontrado a su
amigo.
Pero la expresión de la señora Santos había pasado de la franca alegría a la
de una sombría suspicacia. Se volvió hacia su marido, y, pese a su
descompuesto y alterado aspecto, consiguió adoptar una actitud
formidable.
—¿Tú..., has preparado esto, verdad...?
José Santos se secaba la abrasada frente con un pañuelo. Su mano
temblaba y sus labios sólo conseguían esbozar una sonrisa sumamente
tenue.
—Robbie no estaba construido para un trabajo de ingeniería o
construcción —prosiguió la señora Santos siguiendo sus ideas—. No podía
serles de ninguna utilidad. Lo has hecho colocar aquí a fin de que Gloria
pudiese encontrarlo. Ya lo sabes...
—Pues, sí... —dijo José Santos—. Pero ¿cómo iba a saber yo que el encuentro
tenía que ser tan violento? Y Robbie le ha salvado la vida; esto tienes que
reconocerlo. ¡No puedes volverlo a despedir!
La señora Santos reflexionó. Se volvió hacia Gloria y Robbie y los contempló
pensativa algún tiempo. Gloria había pasado sus brazos alrededor del
cuello del robot y hubiera asfixiado a cualquiera que no hubiese sido de
metal, mientras murmuraba palabras sin sentido con un frenesí casi
histérico Los brazos de acero cromado de Robbie (capaces de convertir un anillo una barra de acero de cinco centímetros de diámetro) abrazaban cariñosamente a la chiquilla y sus ojos brillaban con un rojo intenso y profundo
—Bien —dijo la señora Santos, finalmente—. ¡Por mí puede quedarse hasta que se oxide!






— ¿Te gustó? —preguntó, mirando de un lado a otro y colocándose el bolso sobre su hombro izquierdo.

—Espero que si, ya tengo que bajar, adiós—dijo con una sonrisa en sus labios.

Era la primera vez que se despedía, y sentí que sería la última, pensé tal vez en pedirle mañana que me narrase una nueva historia.

Pero pronto recordé que mañana empezaba el feriado largo por iniciarse la pascua.

Sonreí, el lunes será, me dije...

4 comentarios:

  1. quiero la continuación cuanto antes

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  2. https://skydrive.live.com/embed?cid=B01CDB936FFEE9F8&resid=B01CDB936FFEE9F8%21152&authkey=ANvzVNUtwRkvmSA

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  3. Hola, lo prometido es deuda, espero estes bien, no he entrado al juego en tu nombre, no puedo hacerle eso a los mios, espero entiendas .El bloqueo no era necesario...como se dice por acá: "A buen entendedor pocas palabras"
    Disfruta de la vida y sé feliz
    Un abrazo
    ICE-ANGEL

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